¡AUXILIO!: Crónica de un país atrapado entre el virus y la bacteria

Crónica, Comunidad & Editorial

Hay países que colapsan por una guerra. Otros por hambre. Otros por dictaduras. Colombia decidió intentar todas al mismo tiempo mientras discute en televisión quién tiene la narrativa más poética sobre la palabra “vida”.


El debate político en Colombia se ha reducido a una paradoja biológica. Hace unos días, el presidente Gustavo Petro soltó en medio de risitas una de sus habituales frases de cajón: «Hay que votar por la vida, no por la muerte». La oposición respondió de inmediato con una ráfaga de estadísticas alarmantes: miles de actos violentos, masacres en zonas rurales, coches bomba y un Suroccidente que parece exportado de los peores años de los noventa. Sin embargo, un amigo resumió el verdadero sentir de la calle de una forma mucho más prosaica y visceral al mirar los extremos del espectro político: «Cepeda y Abelardo. Un gran equipo de gonorreas».

Su diagnóstico, aunque vulgar, es matemáticamente exacto. Frente a esa disyuntiva, mi respuesta fue pragmática: yo prefiero votar por la venérea que tiene cura. La otra opción, esa que avanza en silencio y se convierte en una sífilis institucional, da pánico. Las infecciones de la democracia se curan con antibióticos institucionales, pero el verdadero miedo es el virus que no tiene cura. Ese que se enquista en el poder, destruye el tejido productivo y ahí se queda, atornillado, hasta que el país entero colapse.

El espejo retrovisor ya ni siquiera es una metáfora, es una frontera vecina. Miremos a Venezuela: todo el petróleo empeñado a potencias extranjeras, una economía devastada y un anacrónico comunismo del siglo XXI que mutó en una autocracia inamovible. Quienes llegaron prometiendo «la vida» terminaron administrando la quiebra moral y económica de una nación. Cambiar de nombres para dejar el mismo sistema corrupto no es avanzar; es simplemente cambiar de verdugo.

Al final, la discusión no es entre la vida poética de los discursos oficiales y la muerte trágica de los titulares de prensa. La verdadera elección de los ciudadanos hoy parece reducirse a elegir el tipo de enfermedad que estamos dispuestos a tolerar. Mientras el control territorial de los grupos armados se expande y las cifras de criminalidad del primer trimestre de 2026 marcan récords históricos, el ciudadano de a pie solo alcanza a sintonizar los extremos, mirar al cielo y gritar, en un eco de desesperación pura: ¡Auxilio!


Votar por la venérea o la muerte lenta

Hay algo profundamente extraño ocurriendo en Colombia.

No es solamente político.
Ni militar.
Ni económico.

Es biológico.

El país entero parece atrapado dentro de una infección lenta donde nadie logra identificar si el problema principal es el virus… o la bacteria.

Mientras en Bogotá los discursos hablan de dignidad, justicia social, transición energética y “potencia mundial de la vida”, en buena parte del territorio nacional los ciudadanos aprendieron nuevamente a dormir escuchando ráfagas, drones explosivos, cilindros bomba y panfletos armados pegados sobre las paredes de las tiendas.

La paradoja es grotesca.

La élite política debate filosofía institucional en estudios de televisión perfectamente iluminados mientras el país rural vuelve a parecer una versión remasterizada del infierno noventero colombiano.

Y lo más perturbador de todo es que ambas realidades existen simultáneamente.

Porque Colombia hoy es dos países distintos:

  • uno digital,
  • otro territorial.

Uno urbano.
Otro armado.

Uno discute discursos.
El otro sobrevive.


🦠 La política colombiana ya no parece ideología: parece epidemiología

Hace unos días, el presidente Gustavo Petro lanzó una frase aparentemente inocente:

“Hay que votar por la vida, no por la muerte”.

La frase funciona perfecto en TikTok.

Tiene ritmo.
Tiene moral implícita.
Tiene enemigo automático.

Porque nadie va a decir públicamente:

“No, yo prefiero votar por la muerte”.

Ese es el truco narrativo.

Convertir el debate democrático en una cuestión biológica y moral.

Pero el problema aparece cuando las estadísticas empiezan a sabotear el relato.

Porque mientras el discurso presidencial habla de vida, los indicadores territoriales muestran otra cosa:

  • aumento de masacres,
  • expansión de estructuras armadas,
  • incremento de ataques con explosivos,
  • control ilegal de regiones completas,
  • desplazamientos forzados,
  • crecimiento sostenido del narcotráfico,
  • y un deterioro visible del monopolio estatal de la fuerza.

Esta matriz unifica los indicadores de orden público, violencia y narcotráfico en Colombia durante el periodo presidencial actual. Los datos provienen de los informes estadísticos consolidados del Ministerio de Defensa Nacional, el sistema SIEDCO de la Policía Nacional, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) e Indepaz.

Matriz de Evolución de Indicadores de Seguridad y Orden Público (2022 – 2026)

Indicador ClaveCuatrimestre Final 2022 (Sep – Dic)Año Completo 2023Año Completo 2024Año Completo 2025Corrido Año 2026 (Primer Cuatrimestre)
Homicidios (Total Nacional)4,521 muertes13,418 muertes12,149 muertes12,376 muertes3,391 muertes (Tendencia al alza)
Masacres (Eventos registrados)28 casos94 casos76 casos84 casos41 casos (Alerta roja institucional)
Líderes Sociales Asesinados54 víctimas188 víctimas173 víctimas187 víctimas46 víctimas
Acciones de Fuerza Pública Caídos41 bajas124 bajas98 bajas112 bajas29 bajas
Ataques con Explosivos / Drones35 eventos112 eventos145 eventos182 eventos58 eventos (Concentrados en Cauca/Valle)
Hectáreas de Coca (UNODC/SIIMA)230,000 ha246,000 ha253,000 ha258,144 ha~260,000 ha (Proyección estacionaria)
Desplazamiento Forzado (Víctimas)~38,000 personas~115,000 personas~120,000 personas~132,000 personas~34,000 personas (Zonas cocaleras)
Confinamiento Étnico / Rural22 eventos88 eventos94 eventos102 eventos27 eventos (Chocó y costa Pacífica)
Eventos de Constreñimiento Electoral12 alertas45 casos (Regionales)18 alertas22 alertas54 Alertas Tempranas (Comicios nacionales)
Paros Armados / Bloqueos Viales4 paros regionales12 paros regionales15 paros regionales19 paros regionales6 paros / cercos (Eln y Clan del Golfo)

Notas Metodológicas para la Lectura de la Matriz

  • Tendencia del Homicidio: El descenso registrado entre 2023 y 2024 se revirtió durante 2025. El arranque de 2026 muestra el trimestre más violento de la última década en crimen urbano y rural combinado [HK35596001].
  • Guerra de Drones y Explosivos: Este indicador es el que mejor explica la percepción de «guerra» en el suroccidente del país. El uso de tecnología civil modificada por parte de las disidencias de las FARC (Bloque Occidental) no registraba antecedentes de tal magnitud en los periodos previos a 2023.
  • Hectáreas de Cultivos Ilícitos: Las cifras reflejan que Colombia se mantiene en su techo histórico de producción de clorhidrato de cocaína, estabilizado por encima de las 250,000 hectáreas sembradas debido a la suspensión de la erradicación forzosa aérea y las dificultades en la sustitución voluntaria.

Ahí es donde el país entra en cortocircuito psicológico.

Porque el ciudadano promedio ya no sabe si creerle:

  • a la narrativa,
  • o al miedo.

📉 El país donde las cifras dejaron de sentirse estadísticas… y empezaron a parecer síntomas

Los números no siempre cuentan historias.

A veces hacen algo peor:

las confirman.

Entre septiembre y diciembre de 2022, Colombia registró más de 4.500 homicidios.

En 2023, la cifra nacional superó los 13.400 asesinatos.

En 2024 hubo una leve reducción estadística, pero el alivio duró poco:
2025 volvió a cerrar con más de 12.300 homicidios.

Y el verdadero escalofrío llegó en el arranque de 2026.

Solo en el primer cuatrimestre, el país ya acumulaba más de 3.300 muertes violentas.

No son solo números.

Son territorios donde:

  • el Estado llega tarde,
  • la justicia nunca llega,
  • y la autoridad verdadera suele tener fusil, brazalete y radio Motorola.

🔥 El regreso silencioso de la guerra… sin declararla oficialmente

Lo más inquietante de esta nueva etapa colombiana es que oficialmente “no estamos en guerra”.

Pero todo empieza a parecerse demasiado a una.

Y las guerras modernas ya no lucen como antes.

No siempre hay grandes ofensivas militares.

No siempre existen frentes definidos.

No siempre hay uniformes.

Ahora las guerras son:

  • fragmentadas,
  • híbridas,
  • económicas,
  • psicológicas,
  • criminales,
  • territoriales.

El conflicto colombiano mutó.

Y mutó hacia algo más difícil de combatir:
una red descentralizada de control armado financiado por economías ilegales.

Hoy las disidencias, el ELN y múltiples estructuras criminales no necesitan tomarse Bogotá.

Les basta con controlar:

  • corredores,
  • rutas,
  • alcaldías débiles,
  • economías cocaleras,
  • minería ilegal,
  • extorsión regional,
  • y zonas donde el Estado prácticamente dejó de existir.

🚁 La guerra ya no baja de las montañas: ahora cae del cielo

Hay una imagen que resume perfectamente el nuevo momento colombiano:

un dron comercial adaptado artesanalmente para lanzar explosivos sobre estaciones de Policía rurales.

Eso ya no es teoría.

Está ocurriendo.

Especialmente en departamentos como:

  • Cauca,
  • Valle del Cauca,
  • Nariño,
  • Catatumbo.

La violencia colombiana dejó de parecerse a los noventa y empezó a parecerse peligrosamente a conflictos híbridos modernos donde tecnología barata multiplica el poder de grupos armados fragmentados.

Y ahí aparece uno de los mayores dilemas del gobierno actual:

la estrategia de “Paz Total”.


☮️ La “Paz Total”: ¿desescalamiento real o pausa estratégica para los grupos armados?

Aquí es donde el debate se vuelve verdaderamente tóxico.

Porque existen dos Colombias interpretando exactamente el mismo fenómeno de maneras opuestas.


📗 La visión oficialista

El petrismo sostiene que el país necesitaba abandonar el modelo tradicional de guerra permanente.

Su tesis es sencilla:

  • más confrontación militar no resolvió el conflicto,
  • la guerra infinita fortaleció mafias,
  • el narcotráfico sobrevivió a todos los gobiernos,
  • y el país necesitaba negociar para reducir la violencia estructural.

Desde esa óptica:

  • los ceses al fuego,
  • las mesas de diálogo,
  • y las zonas de ubicación temporal

serían mecanismos imperfectos pero necesarios para evitar una espiral aún peor.


📕 La visión crítica

La oposición interpreta exactamente lo contrario.

Para ellos, el Estado redujo presión militar sin lograr desmovilización real.

Y mientras el Gobierno hablaba de paz:

  • los grupos armados se expandieron,
  • consolidaron control territorial,
  • fortalecieron finanzas,
  • aumentaron capacidad operativa,
  • y ocuparon vacíos estatales.

La acusación central es brutal:

“No desapareció la guerra.
Solo cambió de dueño.”


🌿 La coca: el combustible que mantiene vivo todo el sistema

Hay una verdad incómoda que atraviesa toda la discusión colombiana:

sin cocaína, gran parte del conflicto simplemente no existiría en su escala actual.

Y las cifras muestran algo alarmante.

Colombia continúa moviéndose cerca de máximos históricos en hectáreas de cultivos ilícitos.

Más de 250.000 hectáreas de coca productiva siguen sosteniendo:

  • grupos armados,
  • corrupción regional,
  • economías ilegales,
  • control territorial,
  • y redes internacionales multimillonarias.

La coca dejó de ser únicamente un problema criminal.

Ahora es una estructura económica paralela.

En algunas regiones:

  • paga salarios,
  • mueve comercio,
  • financia transporte,
  • sostiene alcaldías indirectamente,
  • y reemplaza funciones básicas del Estado.

Ese es el verdadero horror estructural:

muchas zonas rurales ya no dependen de Bogotá para sobrevivir.

Dependen del negocio ilegal.


🧠 La enfermedad más peligrosa no es la violencia: es la normalización

Colombia lleva tantas décadas conviviendo con violencia que desarrolló algo peor que el miedo:

la costumbre.

Y cuando una sociedad se acostumbra:

  • a las masacres,
  • a las extorsiones,
  • a los desplazamientos,
  • a las noticias de líderes sociales asesinados,
  • a los atentados,
  • a las amenazas,
  • y a los retenes ilegales,

entra en una fase psicológica extremadamente peligrosa.

La anestesia colectiva.

Porque el verdadero riesgo de la degradación institucional no es el caos inmediato.

Es la adaptación.

El momento exacto donde la ciudadanía deja de indignarse y empieza simplemente a reorganizar su rutina alrededor del miedo.


📺 El país de las pantallas contra el país de las carreteras

Existe además otra fractura silenciosa:

la diferencia entre percepción urbana y realidad rural.

En grandes ciudades:

  • la conversación gira alrededor de redes sociales,
  • discursos,
  • identidad,
  • reformas,
  • polarización digital,
  • debates ideológicos.

Pero en enormes regiones periféricas el problema sigue siendo mucho más básico:

quién manda realmente.

Porque en múltiples zonas de Colombia:

  • la ley efectiva no es la Constitución,
  • sino la capacidad armada.

Y esa diferencia explica buena parte del choque político nacional.

Las ciudades votan discursos.

Las regiones muchas veces votan supervivencia.


🗳️ El miedo electoral colombiano ya no es solo ideológico

Durante décadas, Colombia discutió entre:

  • izquierda,
  • derecha,
  • uribismo,
  • progresismo,
  • seguridad democrática,
  • justicia social.

Pero hoy el miedo parece mucho más profundo.

La sensación creciente no es únicamente:

“¿quién gobernará?”

sino:

“¿qué tipo de país quedará después?”

Ese es el verdadero trasfondo emocional de la polarización actual.

Hay sectores convencidos de que Colombia avanza hacia:

  • una transformación social necesaria,
  • menos guerra,
  • y un nuevo modelo político.

Y hay otros absolutamente aterrados ante la posibilidad de una degradación institucional irreversible tipo Venezuela.

Ahí aparece el fantasma regional que obsesiona el debate colombiano.


🇻🇪 Venezuela: el espejo retrovisor que nadie logra ignorar

Toda discusión política colombiana termina inevitablemente chocando contra el mismo muro psicológico:

Venezuela.

Para unos, usarla como ejemplo es propaganda paranoica.

Para otros, es una advertencia histórica evidente.

Lo cierto es que el trauma venezolano alteró completamente la forma en que América Latina percibe proyectos políticos de izquierda radical o hiperpersonalistas.

Porque el deterioro venezolano no ocurrió de un día para otro.

Fue gradual.

Narrativo.

Lento.

Primero:

  • polarización,
  • discursos morales,
  • concentración de poder,
  • debilitamiento institucional,
  • captura narrativa,
  • erosión económica,
  • y finalmente dependencia total del aparato estatal.

Por eso la palabra “Maduro” ya no funciona solamente como referencia política.

Funciona como trauma preventivo.


⚠️ El problema colombiano es que nadie parece tener realmente el control

Tal vez la sensación más peligrosa del momento actual no sea el miedo.

Es la incertidumbre.

La impresión de que:

  • el Gobierno no controla completamente el territorio,
  • la oposición no controla completamente el relato,
  • las instituciones no controlan completamente la crisis,
  • y los ciudadanos no controlan absolutamente nada.

Eso genera agotamiento social.

Fatiga democrática.

Cinismo colectivo.

Y sociedades cansadas suelen tomar decisiones desesperadas.


🧬 ¿Virus o bacteria?

Ahí es donde aparece la metáfora más incómoda de todas.

Porque buena parte del país siente que está obligado a elegir entre dos enfermedades distintas.

Una parte teme:

  • autoritarismo ideológico,
  • captura institucional,
  • populismo estructural.

Otra teme:

  • retorno de modelos violentos,
  • represión,
  • desigualdad perpetua,
  • abandono social,
  • y reciclaje de viejas élites.

Y mientras ambos extremos se acusan mutuamente de representar “la muerte”, el ciudadano promedio sigue atrapado en la mitad intentando simplemente:

  • trabajar,
  • sobrevivir,
  • pagar arriendo,
  • no ser robado,
  • y llegar vivo a diciembre.

🚨 Colombia no parece un país en paz. Parece un país conteniendo una hemorragia

Tal vez ese sea el verdadero resumen del momento histórico actual.

No vivimos exactamente una guerra declarada.

Pero tampoco vivimos una paz consolidada.

Vivimos una especie de suspensión permanente donde:

  • la violencia cambia de forma,
  • los actores mutan,
  • las narrativas se contradicen,
  • y el país entero funciona bajo tensión constante.

Como un paciente conectado a máquinas:
estable…
pero nunca realmente sano.


🐸 Toxic Toad: la intoxicación final

La tragedia colombiana es que el país ya ni siquiera discute soluciones.

Discute temores.

Y cuando una democracia entra en fase de miedo crónico, la política deja de funcionar como construcción colectiva y empieza a operar como medicina de emergencia.

Todos prometen salvar al paciente.

Pero nadie logra explicar por qué la sala de urgencias sigue llena de sangre.

Mientras tanto:

  • las cifras continúan creciendo,
  • las regiones continúan ardiendo,
  • las redes continúan gritando,
  • y el país continúa dividido entre quienes creen que el peligro es el virus… y quienes juran que el verdadero monstruo siempre fue la bacteria.

Y quizás ahí está el detalle más aterrador de todos:

que Colombia lleva tanto tiempo enferma…
que ya olvidó cómo se veía sana.


Epílogo: el país que ya no discute política… sino niveles de descomposición humana

Y entonces, justo cuando uno cree que el debate nacional no puede hundirse más en el pantano moral, llega la realidad y le mete un ladrillazo en la cara al editorialista.

¿Qué clase de sociedad produce hombres capaces de violar, asfixiar y lanzar a su pareja por una ventana… para luego fingir un suicidio?

Ahí ya no hablamos de izquierda o derecha.

Hablamos de descomposición moral.


Porque mientras Colombia se divide entre “la vida” y “la muerte”, entre discursos mesiánicos y estadísticas de guerra, entre izquierdas redentoras y derechas histéricas, la Fiscalía General de la Nación acaba de recordarnos algo muchísimo peor:

el verdadero colapso no siempre empieza en el Estado.
A veces empieza en la sala de un apartamento.
En una pareja.
En una discusión.
En una ventana abierta a cinco pisos de altura.

La noticia parece salida de una serie de true crime producida por una sociedad enferma de sí misma: la judicialización de un hombre acusado de lanzar a su pareja desde un quinto piso en el norte de Bogotá tras, presuntamente, asfixiarla, violarla y luego intentar convertir el crimen en un supuesto suicidio.

La víctima era la politóloga Ana María Meza.

Treinta y seis años.

Profesional.

Educada.

Con posgrados.

Con empresa.

Con proyectos.

Con una vida aparentemente funcional dentro de esa élite bogotana que desayuna cold brew, habla de democracia en LinkedIn y publica frases de resiliencia emocional mientras por dentro se pudre lentamente.

Y ahí aparece el detalle verdaderamente aterrador de toda esta historia:

esto no ocurrió en una olla del microtráfico.
No ocurrió en medio de un ajuste de cuentas.
No fue una guerra entre bandas.

Ocurrió en un apartamento de clase alta.

En un edificio residencial.

En una relación sentimental.

En el corazón de esa Colombia “civilizada” que presume educación financiera, terapia psicológica y mascotas con alimento importado.

La Fiscalía sostiene que el hombre habría intentado taparle la boca y la nariz hasta dejarla inconsciente, abusarla sexualmente y luego arrojar el cuerpo por la ventana para simular un suicidio.

Y mientras uno lee eso, ocurre algo todavía más incómodo:

la discusión política entera empieza a parecer insuficiente.

Porque quizá el problema colombiano ya no es solamente Petro.
Ni Cepeda.
Ni Abelardo.
Ni la derecha.
Ni la izquierda.

Quizá el problema real es que la sociedad completa comenzó a normalizar niveles monstruosos de deshumanización emocional.


La violencia ya no vive solo en la selva: ahora duerme contigo 🧠

Durante décadas, Colombia creyó que la barbarie estaba lejos.

En la montaña.
En el monte.
En la guerrilla.
En los paramilitares.
En los laboratorios de coca.
En las trochas.

Pero el siglo XXI trajo una mutación mucho más perturbadora:

la violencia empezó a mudarse hacia adentro.

A los hogares.
A las relaciones.
A las camas.
A los vínculos afectivos.

El enemigo ya no siempre llega con fusil.

A veces llega con flores.

Con estabilidad laboral.

Con estudios universitarios.

Con camisa planchada.

Con un cargo corporativo.

Con una sonrisa perfectamente funcional para Instagram.

Eso es lo verdaderamente aterrador del caso Ana María Meza: rompe la fantasía de que el horror pertenece únicamente a los márgenes sociales.

Porque no.

El horror aprendió a hablar bonito.
Aprendió modales.
Aprendió inteligencia emocional performativa.
Aprendió lenguaje empresarial.
Aprendió a fingir normalidad.

Y esa mutación psicológica quizá explica mejor el estado actual de Colombia que cualquier debate electoral.


La paradoja terminal: un país obsesionado con “la vida” mientras convive con la necrosis social ☠️

Aquí es donde el editorial se vuelve todavía más incómodo.

Porque mientras el discurso político nacional gira alrededor de “proteger la vida”, el país entero parece haberse acostumbrado a convivir con distintos niveles de muerte cotidiana:

  • muerte física,
  • muerte emocional,
  • muerte institucional,
  • muerte ética,
  • muerte simbólica,
  • muerte afectiva.

La sociedad colombiana consume violencia como entretenimiento.

La monetiza.
La comparte.
La convierte en tendencia.
La comenta mientras almuerza.

Una mujer lanzada desde un quinto piso compite por atención contra memes, TikToks y peleas políticas en X.

Y al cabo de dos días, todo sigue igual.

Esa normalización progresiva del horror es posiblemente el síntoma más grave de todos.

Porque las sociedades no colapsan únicamente cuando aparece la violencia.

Colapsan cuando la violencia deja de sorprenderlas.


Del feminicidio íntimo al deterioro nacional: el mismo patrón estructural

El caso de Ana María Meza no aparece aislado del resto del texto.

Al contrario:
funciona como el espejo microscópico del país completo.

Porque Colombia vive exactamente el mismo patrón psicológico a escala nacional:

  • relaciones abusivas disfrazadas de amor político,
  • manipulación emocional desde el poder,
  • dependencia tóxica del caudillismo,
  • destrucción progresiva normalizada,
  • y una ciudadanía atrapada entre miedo, resignación y agotamiento.

La lógica es casi idéntica.

Primero llega el discurso seductor.
Luego el control.
Después la justificación.
Luego la violencia.
Finalmente el intento de alterar la escena para que parezca otra cosa.

Eso mismo ocurre en la política.
Eso mismo ocurre en las relaciones.
Eso mismo ocurre en las sociedades enfermas.


La estetización del caos 📺

Y aquí aparece otro fenómeno todavía más siniestro:
la espectacularización del derrumbe.

Porque Colombia no solo vive la violencia.

También la convierte en espectáculo visual.

Portadas.
Videos.
Opiniones.
Debates televisivos.
Reels.
Hashtags.
Streaming del horror.

La tragedia se volvió contenido.

Y mientras más grotesca sea, más clics produce.

El país entero parece atrapado en una especie de reality show emocional donde cada semana necesita una dosis más extrema de sangre, escándalo o degradación moral para seguir sintiendo algo.

Por eso el caso Ana María Meza genera tanta conmoción:
porque obliga a mirar algo que el país lleva años intentando ignorar.

La enfermedad ya no es periférica.

Es estructural.


El problema ya no es ideológico: es antropológico

Quizá la conclusión más dura de todas es esta:

Colombia ya no enfrenta solamente una crisis política.

Enfrenta una crisis humana.

Una fractura emocional colectiva.

Una erosión profunda de empatía.

Porque un país donde:

  • aumentan masacres,
  • crecen desplazamientos,
  • se normalizan drones explosivos,
  • suben feminicidios,
  • y las redes convierten todo eso en espectáculo,

es un país que lentamente empieza a perder sensibilidad nerviosa.

Como un paciente con necrosis.

El tejido sigue ahí.
Pero ya no siente.


Y quizá ahí está el verdadero “Auxilio”

No en los discursos.

No en Petro.
No en la oposición.
No en las campañas.

El verdadero “Auxilio” quizá nace cuando entendemos que la violencia colombiana dejó de ser exclusivamente armada y comenzó a ser emocional, cultural y psicológica.

Porque una sociedad capaz de convertir:

  • el horror en rutina,
  • el dolor en algoritmo,
  • y la degradación humana en entretenimiento político,

termina atrapada en algo mucho más peligroso que una elección presidencial.

Termina atrapada en sí misma.

Y ahí sí empieza el verdadero miedo.

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