El presidente Gustavo Petro durante su llegada a Roma, Italia, en una portada editorial que ilustra su denuncia por la ausencia de una recepción oficial del gobierno italiano antes de su reunión con el papa León XIV.

De Verdi a Shakespeare: Las curiosas «cortinas de humo» culturales con las que Petro procesa el ocaso de su mandato

Actualidad Internacional

Tras el desplante en Italia y los recientes reveses políticos en Colombia, el presidente se refugia en X con hilos místicos sobre ópera y literatura en inglés antiguo. ¿Estrategia de polarización o desconexión real?

El presidente Gustavo Petro durante su llegada a Roma, Italia, en una portada editorial que ilustra su denuncia por la ausencia de una recepción oficial del gobierno italiano antes de su reunión con el papa León XIV.

CRÓNICAS DEL MESÍAS INTERGALÁCTICO

Manual para sobrevivir cuando el universo conspira contra tu alfombra roja

Prólogo: Cuando el ego descubre que el protocolo no lo reconoce

«Toda semejanza con personas, gobiernos, aeropuertos, óperas, emperadores romanos, tragedias griegas, papas, dramaturgos ingleses, bibliotecas públicas o presidentes que escriben más que gobiernan es, naturalmente, producto de la imaginación… o del algoritmo.»


La historia de la humanidad está llena de personajes convencidos de que el universo giraba a su alrededor.

Nerón creyó que Roma ardía únicamente para iluminar mejor su recital.

Luis XIV llegó a la conclusión de que el Sol había tenido la elegante cortesía de salir cada mañana únicamente para servirle de reflector.

Napoleón estaba persuadido de que los mapas eran simples borradores esperando su firma.

Y luego apareció Internet.

Porque la tecnología democratizó algo maravilloso: antes hacía falta conquistar medio continente para desarrollar un complejo de grandeza. Hoy basta con una cuenta en X, una conexión Wi-Fi estable y un insomnio particularmente creativo.

Fue así como nació una nueva especie política.

Ya no el caudillo.

Ya no el dictador.

Ya no el reformador.

Sino algo mucho más sofisticado.

El protagonista permanente de su propio documental interior.

Un hombre que jamás entra a una habitación.

Siempre irrumpe en la Historia.

Que nunca pierde una discusión.

Simplemente es víctima de una conspiración cósmica.

Que jamás llega tarde.

Es el tiempo quien se adelanta por culpa del neoliberalismo.

Nuestro protagonista pertenece exactamente a esa aristocracia espiritual.

Para él, el universo no está compuesto de galaxias.

Está compuesto de símbolos.

Cada aeropuerto representa un juicio moral.

Cada fotografía es un tratado filosófico.

Cada retraso del equipaje es un manifiesto geopolítico.

Cada protocolo diplomático constituye una batalla definitiva entre la Luz y las Tinieblas.

Mientras cualquier mandatario aterriza en un país extranjero pensando en tratados comerciales, inversiones o acuerdos bilaterales, él desciende del avión esperando encontrar algo infinitamente más importante:

Una confirmación pública de que sigue siendo el personaje principal de la civilización occidental.

Porque esa es la tragedia de los grandes protagonistas de sí mismos.

No necesitan aplausos.

Necesitan evidencia.

Evidencia constante.

Diaria.

Fotográfica.

Protocolaria.

Arquitectónica.

Si el primer ministro no aparece, el problema ya no es del primer ministro.

Es de la Historia.

Si la alfombra roja mide diez metros cuando debería medir quince, no estamos frente a un error logístico.

Estamos frente al ocaso de Occidente.

Si únicamente lo reciben funcionarios de protocolo…

…entonces la democracia liberal acaba de firmar su certificado de defunción.

Hay personas que padecen alergias.

Otras sufren migrañas.

Nuestro personaje desarrolla urticaria institucional cada vez que la realidad se niega a comportarse como el guion que escribió sobre sí mismo.

Y es allí donde comienza esta historia.

No en Roma.

No en Bogotá.

Ni siquiera en un aeropuerto.

Comienza dentro del teatro más peligroso jamás construido:

La imaginación de un líder convencido de que cada acontecimiento del planeta contiene una nota al pie dedicada exclusivamente a él.

Porque el verdadero escenario nunca fue Italia.

Fue el espejo.

Y ningún espejo resulta más cruel que un protocolo diplomático incapaz de reconocer al héroe que uno lleva cuidadosamente editado en la cabeza.


El Apocalipsis según el protocolo diplomático

Dicen los manuales de relaciones internacionales que el protocolo es una ciencia exacta.

Todo está previsto.

Quién recibe.

Quién saluda.

Quién sonríe.

Quién posa.

Quién se ubica dos pasos atrás.

Quién sostiene la carpeta azul.

Quién sostiene la roja.

Quién ofrece café.

Quién ofrece únicamente agua.

Todo funciona como un reloj suizo.

Hasta que aterriza alguien que cree ser una profecía.

Porque los profetas jamás entienden de protocolos.

Ellos esperan milagros.

Imaginen la escena.

Un avión presidencial toca tierra.

Las ruedas besan la pista.

Los motores disminuyen lentamente su rugido.

Los fotógrafos ajustan los lentes.

Los militares forman la guardia.

Las escalerillas se aproximan.

Y dentro del avión, sentado junto a la ventanilla, alguien observa el horizonte esperando encontrar…

…no funcionarios.

No embajadores.

No coroneles.

Sino la materialización física del reconocimiento universal.

En algún lugar de su imaginación seguramente aparecía un coro interpretando el Va, pensiero.

Quizá el Coliseo inclinándose ligeramente en señal de respeto.

Tal vez una estatua de Julio César rompiendo espontáneamente el mármol para aplaudir.

Porque cuando uno se acostumbra a narrarse como protagonista de la Historia, el protocolo deja de ser logística.

Se convierte en escenografía.

Y toda escenografía mediocre termina pareciendo una conspiración.

Los militares estaban allí.

Eso era un hecho.

Funcionarios también.

Personal diplomático igualmente.

Pero había un pequeño detalle.

No eran los personajes que el ego había contratado para la película.

Y el ego tiene una característica extraordinaria.

Nunca admite errores de casting.

Si falta un actor importante…

…reescribe inmediatamente el argumento.

Así nacen las persecuciones.

Las ofensas internacionales.

Las afrentas civilizatorias.

Las humillaciones planetarias.

La ausencia de una ministra ya no es una ausencia.

Es un manifiesto ideológico.

El café que nadie ofreció deja de ser café.

Ahora representa el fracaso moral de Europa.

La fotografía sin alfombra roja se transforma inmediatamente en una tesis doctoral sobre el fascismo contemporáneo.

Hay personas capaces de convertir agua en vino.

Nuestro protagonista posee otro talento.

Convierte burocracia en epopeya.

Es mucho más rentable.

Porque un formulario de protocolo jamás moviliza multitudes.

Una persecución sí.

Y como toda gran religión necesita mártires…

…¿qué mejor mártir que alguien recibido exactamente igual que cualquier otro jefe de Estado?

Eso sería intolerablemente normal.

Y la normalidad constituye el peor enemigo del héroe autobiográfico.

Porque el héroe necesita excepcionalidad.

Si no existe…

…la fabrica.


La República de los Trinos Eternos

Hubo una época en que los gobernantes escribían memorias.

Las publicaban cuando abandonaban el poder.

Esperaban diez o veinte años para que la historia decantara las pasiones y luego ofrecían su versión de los hechos.

Aquello era aburridamente responsable.

Nuestro protagonista encontró un método mucho más eficiente.

Escribir las memorias…

…mientras todavía las estaba protagonizando.

Y corregir la realidad cada quince minutos.

Para eso nació X.

No la red social.

La imprenta portátil del ego.

Mientras el ciudadano promedio abre la aplicación para averiguar si lloverá o si la Selección volvió a perder por un penal inexistente, existe una categoría superior de usuario que ingresa convencido de que el planeta entero está esperando su siguiente revelación.

No escribe.

Desciende.

No publica.

Promulga.

No opina.

Canoniza.

Cada trino nace con la solemnidad de una bula papal y la extensión emocional de una novela rusa.

El lector ingenuo cree encontrarse frente a ciento cincuenta caracteres.

Qué inocencia.

En realidad está frente a una cosmovisión.

Porque una frase jamás significa únicamente una frase.

Siempre representa una batalla metafísica entre el Bien Universal y quienes aún no han leído correctamente a los clásicos.

Los antiguos griegos inventaron el teatro.

Los romanos perfeccionaron el derecho.

La Edad Media levantó catedrales.

Internet produjo algo mucho más extraordinario:

La capacidad de convertir las tres de la mañana en horario oficial de política exterior.

A esas horas, cuando los búhos bostezan y los algoritmos trabajan horas extras, suele aparecer un mensaje donde conviven, sin previo aviso, Aristóteles, el precio internacional del petróleo, el Evangelio según San Juan, un emperador bizantino, la Amazonía, una metáfora sobre las mariposas amarillas y una indirecta dirigida a alguien que probablemente solo preguntó por qué el metro sigue sin terminarse.

El resultado recuerda esos cajones de cocina donde uno encuentra una cuchara, un destornillador, dos pilas descargadas, un rosario, la garantía de una licuadora y un tornillo cuya procedencia jamás será aclarada.

Todo parece caótico.

Hasta que uno comprende que el verdadero objetivo nunca fue comunicar.

Fue demostrar.

Demostrar que la mente viaja más rápido que la sintaxis.


Existe un fenómeno fascinante.

Cuando un gobernante inaugura un puente, la noticia dura un día.

Cuando inaugura un hospital, quizá dos.

Pero basta con publicar una reflexión donde Shakespeare dialogue con el cambio climático mientras un emperador romano observa el conflicto del Medio Oriente desde una nube conceptual…

…y el país entero abandona cualquier conversación seria para intentar descifrar qué demonios quiso decir.

Es un talento extraordinario.

Mientras todos interpretan el acertijo literario, nadie pregunta por el presupuesto.

Mientras los analistas discuten una metáfora, los indicadores económicos descansan plácidamente en el archivo PDF que nadie abrirá.

Es la vieja técnica del ilusionista.

La mano izquierda hace aparecer un conejo.

La derecha guarda discretamente las cartas.

La audiencia aplaude.

Nadie pregunta dónde desapareció la billetera.


Los asesores de comunicación suelen recomendar claridad.

Frases simples.

Mensajes breves.

Ideas concretas.

Nuestro protagonista considera semejante consejo una vulgaridad administrativa.

¿Por qué decir «Buenos días»?

Cuando puede anunciar:

«La aurora vuelve a demostrar que los imperios jamás comprendieron la dignidad cromática del amanecer sobre los pueblos ribereños del Caribe profundo.»

¿Para qué escribir:

«Estoy en Roma.»

Si resulta infinitamente más satisfactorio redactar:

«He regresado al territorio donde el tiempo todavía recuerda que las columnas conversaban con los hombres libres.»

El lector termina agotado.

No porque el texto sea difícil.

Sino porque exige pasaporte filosófico.

Cada párrafo implica cruzar tres civilizaciones, cuatro referencias culturales y dos mil años de historia antes de descubrir que el mensaje original era, simplemente, que el vuelo aterrizó con treinta minutos de retraso.


En esta República Digital existe una Constitución muy sencilla.

Artículo primero.

Todo acontecimiento confirma una intuición previa.

Artículo segundo.

Si el acontecimiento parece contradecir la intuición…

…es el acontecimiento quien está equivocado.

Artículo tercero.

Siempre existe una explicación más grande.

Mucho más grande.

Desproporcionadamente grande.

Una encuesta desfavorable nunca habla de la encuesta.

Habla del estado moral de Occidente.

Una crítica periodística jamás cuestiona una decisión.

Cuestiona el derecho mismo de la belleza a existir.

Una fotografía incómoda deja inmediatamente de ser fotografía.

Ahora constituye evidencia arqueológica de una conspiración continental.

El universo entero funciona como una inmensa sala de espejos.

Pero todos los espejos apuntan hacia el mismo rostro.


Los filósofos medievales discutían cuántos ángeles cabían sobre la cabeza de un alfiler.

Internet elevó el debate.

Ahora discutimos cuántas referencias históricas caben en un solo hilo.

La respuesta es: todas.

Puede aparecer Sócrates.

Luego Bolívar.

Después Jesús.

Cinco líneas más abajo Shakespeare.

En el sexto párrafo Verdi.

Al final, un bosque amazónico, tres galaxias y una reflexión sobre la infancia.

Todo unido por una coma particularmente optimista.

El lector termina preguntándose si acaba de leer un comunicado presidencial…

…o la lista de reproducción de un profesor universitario que olvidó tomar vacaciones durante treinta años.


Pero sería injusto reducir todo esto al simple exceso verbal.

Hay algo profundamente humano detrás.

Porque escribir también es una forma de resistirse al silencio.

Y pocas cosas resultan tan insoportables para quien ha vivido rodeado de cámaras como descubrir que el mundo puede seguir funcionando mientras uno guarda silencio.

Entonces se escribe.

Se escribe para permanecer.

Se escribe para ocupar espacio.

Se escribe porque cada palabra retrasa unos minutos la llegada de la siguiente noticia.

Y la siguiente noticia suele tener la desagradable costumbre de no hablar sobre nosotros.

De modo que aparece otro trino.

Y otro.

Y otro.

Como quien arroja botellas al océano esperando que la Historia las recoja antes de que las recoja el algoritmo.

Porque quizá esa sea la verdadera tragedia del protagonista permanente.

No teme perder el poder.

Teme algo mucho peor.

Que un día el universo despierte…

…y descubra que puede girar perfectamente sin actualizar su cronología.


Shakespeare, Verdi y el equipaje extraviado

Existe una antigua superstición entre los escritores.

Cuando un autor comienza a citar demasiados clásicos en una conversación cotidiana, es porque está perdiendo la discusión.

No es una ley científica.

Pero funciona sorprendentemente bien.

Alguien pregunta cuánto cuesta el pan.

Y aparece Platón.

Otro pregunta por la seguridad.

Y desembarca Nietzsche.

Uno más pregunta por los medicamentos.

Y, misteriosamente, Shakespeare termina involucrado.

Es el equivalente intelectual de sacar un bazuca para espantar un mosquito.

Nuestro protagonista convirtió esa costumbre en doctrina de Estado.

Porque hay políticos que administran presupuestos.

Él administra referencias culturales.


Resulta imposible no admirar la elasticidad con la que ciertos nombres atraviesan su universo mental.

Shakespeare ya no pertenece al teatro inglés.

Ahora parece ser una especie de asesor honorario de política exterior.

Verdi dejó de escribir óperas.

En realidad llevaba siglo y medio esperando que alguien interpretara correctamente sus intenciones geopolíticas.

Garibaldi no unificó Italia.

Estaba preparando el terreno para una larga cadena de publicaciones en redes sociales.

Jesús, por supuesto, tampoco escapó.

Porque cuando uno posee suficiente confianza en sí mismo, incluso dos mil años de tradición religiosa pueden convertirse en material complementario para un hilo dominical.


Los historiadores sostienen que William Shakespeare escribió en inglés moderno temprano.

Pero eso resulta demasiado aburrido.

Mucho mejor imaginar que el dramaturgo dejó deliberadamente sus obras en una especie de código secreto esperando que un presidente latinoamericano del siglo XXI descubriera el verdadero significado de Hamlet.

No el príncipe danés.

El otro Hamlet.

El que aparentemente escondía una teoría sobre la decadencia de Occidente, la diplomacia contemporánea y la insoportable costumbre de algunos gobiernos de no desplegar suficiente alfombra roja.

Uno imagina la escena.

Shakespeare levanta la vista desde su escritorio.

Suspira.

Moja la pluma en tinta.

Y escribe:

«Ser o no ser…»

No pensando en la existencia.

Sino anticipando un conflicto protocolario ocurrido exactamente cuatrocientos veinte años después.

La previsión de los genios siempre ha sido admirable.


Pero si Shakespeare representa el hemisferio norte de la inspiración, Verdi constituye el sur emocional del relato.

La ópera tiene una ventaja extraordinaria.

Como casi nadie recuerda el libreto completo, cualquiera puede apropiarse de una estrofa, una emoción o un coro para explicar prácticamente cualquier cosa.

Una derrota electoral.

Una crisis diplomática.

Una fila en inmigración.

El extravío de una maleta.

Todo cabe dentro de un aria correctamente pronunciada.

La música clásica posee esa elegante capacidad de parecer profunda incluso cuando uno no entiende exactamente qué está ocurriendo.

Y eso la convierte en la aliada perfecta del discurso grandilocuente.

Porque si alguien cuestiona la relación entre Nabucco y un comunicado político, basta responder que el crítico «no comprendió la dimensión simbólica de la obra».

Es una estrategia brillante.

El símbolo siempre gana.

Nunca necesita demostrar nada.


Los viejos emperadores levantaban arcos de triunfo.

Los líderes contemporáneos construyen bibliografías.

No basta con tener razón.

Hay que demostrar que Homero también estaba de acuerdo.

Que Virgilio lo intuía.

Que Cervantes dejó discretas pistas.

Que Dante, en el fondo, hablaba de nosotros.

El universo entero termina funcionando como una gigantesca biblioteca donde todos los autores, desde Sófocles hasta García Márquez, llevaban siglos esperando la oportunidad de respaldar un comunicado de prensa.

Resulta conmovedor.

Y profundamente práctico.

Porque discutir con una persona es relativamente sencillo.

Discutir con toda la historia de la literatura occidental resulta agotador.


Ahora bien.

Toda gran tragedia necesita un elemento doméstico.

Aquello que recuerde al héroe que sigue siendo mortal.

Aquiles tenía el talón.

Edipo, una familia particularmente complicada.

Nuestro protagonista posee un enemigo mucho más temible.

El equipaje.

Nada destruye con tanta eficacia la solemnidad de un viaje diplomático como descubrir que la maleta decidió conocer Ámsterdam mientras uno aterrizó en Roma.

El universo entero puede conspirar.

Las civilizaciones pueden enfrentarse.

Las ideologías pueden incendiar los parlamentos.

Pero ningún manifiesto filosófico logra convencer a una aerolínea de que envíe primero el equipaje prioritario.

Ahí termina toda épica.

Porque el destino posee un extraordinario sentido del humor.

Puedes sentirte heredero de Julio César.

Pero igualmente deberás esperar junto a una cinta transportadora observando pasar doce maletas idénticas que jamás son la tuya.

No existe democracia más perfecta que una banda transportadora de aeropuerto.

Sobre ella descansan, exactamente con la misma indiferencia, el equipaje del turista alemán, la mochila del estudiante japonés y la maleta presidencial.

Todas giran.

Todas esperan.

Todas ignoran el tamaño del ego de su propietario.

Es quizá el único mecanismo verdaderamente igualitario de la globalización.


Los grandes dramaturgos comprendían algo esencial.

El contraste produce comedia.

Nada resulta más gracioso que una enorme ambición enfrentándose a un obstáculo ridículamente pequeño.

Macbeth cae por la profecía.

Don Quijote, por un molino.

Ícaro, por acercarse demasiado al sol.

En nuestra historia, el drama universal tropieza repetidamente con detalles administrativos.

Un protocolo.

Un itinerario.

Un formulario.

Una acreditación.

Un funcionario que, con toda cortesía, responde:

—Lo sentimos, señor, debe esperar su turno.

Y, durante unos segundos gloriosos, toda la metafísica occidental queda suspendida frente al mostrador número siete.


Tal vez ahí resida la grandeza involuntaria de esta época.

Vivimos rodeados de discursos capaces de explicar el destino de la humanidad…

…pero incapaces de evitar que una maleta termine en la terminal equivocada.

Seguimos invocando a Shakespeare para interpretar el presente.

A Verdi para traducir nuestras emociones.

A Roma para justificar nuestras nostalgias.

Mientras un empleado del aeropuerto, completamente ajeno al peso de la Historia, coloca una etiqueta amarilla sobre un equipaje extraviado y sentencia con la serenidad de quien ha visto demasiados dramas:

—Aparecerá en unas horas.

Qué frase tan demoledora.

No habla únicamente de la maleta.

Habla del ego.

Del poder.

De la gloria.

Del protagonismo.

Todo aparece unas horas.

Y luego desaparece.

Excepto, claro está…

…las referencias culturales.

Ellas siempre encuentran la forma de abordar el siguiente vuelo.


El Vaticano como última estación del ego

Existe una ley no escrita del poder.

Cuando ya nadie escucha tus discursos…

…empiezas a buscar auditorios más antiguos.

Los políticos comunes convocan ruedas de prensa.

Los estadistas organizan cumbres.

Los emperadores levantaban columnas.

Pero existe un nivel superior de escenografía.

Uno donde el mármol tiene dos mil años de experiencia, los pasillos huelen a incienso institucional y hasta el silencio parece tener protocolo.

El Vaticano.

La única oficina del planeta donde un edificio puede mirar con condescendencia a cualquier presidente.


El visitante común llega maravillado.

Observa los frescos.

Admira las esculturas.

Habla en voz baja.

Nuestro protagonista, en cambio, entra convencido de que la Historia acaba de reservarle una cita.

No con un jefe de Estado.

Con la Eternidad.

Porque existe una diferencia enorme entre visitar un lugar histórico…

…y sentirse una nota al pie de ese mismo lugar.

El turista toma fotografías.

El protagonista interior imagina que Miguel Ángel habría cambiado algunos detalles de la Capilla Sixtina si hubiera conocido su cuenta de X.


El Vaticano tiene una cualidad profundamente irritante para cualquier personalidad acostumbrada a monopolizar la atención.

Allí todo recuerda que uno llega tarde.

Muy tarde.

Cuando un presidente atraviesa la Plaza de San Pedro, descubre que está caminando sobre siglos que sobrevivieron a reyes, emperadores, dictadores, repúblicas, guerras, cismas, invasiones, pestes y generaciones enteras de hombres absolutamente convencidos de ser indispensables.

Todos terminaron convertidos en capítulos.

Las columnas permanecieron.

Es una lección de humildad arquitectónica.

Y la humildad nunca ha sido una disciplina popular entre los protagonistas permanentes.


Los grandes palacios tienen espejos.

El Vaticano tiene perspectiva histórica.

Es mucho peor.

Porque el espejo todavía permite corregir el peinado.

La historia, en cambio, suele responder con un bostezo.

Allí comprendemos una verdad incómoda.

Los pontificados duran décadas.

Las presidencias, apenas unos calendarios.

Los discursos políticos envejecen a la velocidad de los titulares.

Las basílicas envejecen a la velocidad de las montañas.

Mientras un gobierno celebra cuatro años de existencia, una columna romana lleva observando el espectáculo desde antes de que existiera el concepto mismo de ministerio.

Eso obliga al ego a realizar un ejercicio extremadamente complejo.

Aceptar que uno no conversa con la Historia.

La Historia apenas le concede un turno de palabra.


Existe también un fenómeno fascinante.

Todo líder político, tarde o temprano, desarrolla una irresistible necesidad de hablar sobre «la humanidad».

No sobre el presupuesto.

Ni sobre el alcantarillado.

Ni sobre los semáforos.

Eso resulta excesivamente municipal.

Hay que elevarse.

La humanidad.

La civilización.

La conciencia universal.

La belleza.

El destino.

Conceptos enormes.

Hermosos.

Inatacables.

Nadie puede verificar si alguien representa realmente «la conciencia de la humanidad».

Pero suena extraordinariamente bien en un discurso.

Es una categoría tan amplia que permite esconder dentro de ella cualquier decepción doméstica.

Si las encuestas bajan…

…sube la humanidad.

Si las alianzas políticas se rompen…

…aparece la civilización.

Si la realidad insiste en discutir sobre inflación…

…uno responde hablando del alma.

Es un elegante cambio de escenario.

Como quien pierde una partida de ajedrez y propone discutir, en cambio, la teoría de la relatividad.


Hay quienes visitan al Papa buscando consejo.

Otros buscan consuelo.

Algunos, simplemente, una fotografía.

Pero el ego político siempre busca algo diferente.

Confirmación.

No necesita que le digan qué hacer.

Necesita salir convencido de que el universo continúa interpretando correctamente el papel que él escribió para sí mismo.

Y esa es una carga inmensa para cualquier encuentro.

Porque los seres humanos solemos escuchar lo que queremos escuchar.

Una frase cordial se convierte en respaldo filosófico.

Una sonrisa protocolaria termina interpretándose como un manifiesto doctrinal.

Un apretón de manos ya parece un tratado internacional.

La diplomacia conoce perfectamente ese fenómeno.

Por eso inventó el protocolo.

Para impedir que una fotografía termine convertida, al día siguiente, en una revelación mística.

Aunque casi nunca lo consigue.


Resulta curioso.

En el Vaticano conviven dos instituciones obsesionadas con las palabras.

La Iglesia y la política.

La diferencia consiste en que una trabaja con textos de dos mil años.

La otra, con publicaciones de hace dos horas.

Una mide los siglos.

La otra mide tendencias.

Una habla de eternidad.

La otra consulta métricas.

Y, sin embargo, ambas comprenden algo fundamental.

Quien controla el relato suele sobrevivir más tiempo que quien controla únicamente el territorio.

Quizá por eso tantos gobernantes sienten fascinación por las bibliotecas.

Las bibliotecas prometen una clase de inmortalidad mucho más elegante que cualquier estatua.

Las estatuas acumulan palomas.

Los libros, al menos en teoría, acumulan lectores.


Pero hay un enemigo contra el cual ni siquiera el mármol pontificio puede hacer mucho.

El calendario.

Porque el calendario posee una crueldad exquisita.

Jamás discute.

Jamás protesta.

Simplemente avanza.

No importa cuántos discursos se pronuncien.

Cuántos símbolos se invoquen.

Cuántas referencias a Roma, Atenas o Jerusalén aparezcan en un comunicado.

El lunes sigue llegando.

Y detrás del lunes viene otro lunes.

Hasta que un día alguien ocupa el despacho.

Otro firma los decretos.

Otro inaugura las obras.

Otro protagoniza las fotografías.

Entonces el antiguo protagonista descubre una verdad devastadora.

El poder siempre creyó que él era temporal.

Era él quien pensaba que el poder era permanente.


Quizá esa sea la verdadera función de Roma.

No recordarnos la gloria.

Sino la caducidad.

Los emperadores que alguna vez dominaron medio mundo hoy son nombres en placas de museo.

Los cónsules son preguntas de examen.

Los vencedores habitan vitrinas.

Las ruinas poseen un extraño sentido del humor.

Parecen decirle a cada visitante:

—No te preocupes demasiado por tu momento.

Aquí todos terminaron siendo piedra.

Y las piedras…

…nunca han tenido cuenta en X.


Los diez tomos de la Revelación

O cómo descubrir que la posteridad también necesita estanterías

Los antiguos faraones levantaban pirámides.

Los emperadores romanos construían arcos.

Los monarcas absolutos encargaban retratos ecuestres donde aparecían diez centímetros más altos y veinte años más jóvenes.

Los revolucionarios del siglo XX preferían estatuas de bronce capaces de señalar eternamente un horizonte que casi nunca coincidía con la realidad.

Nuestro protagonista, hijo legítimo de la era digital y del romanticismo administrativo, encontró una solución mucho más ecológica.

Mandarse a imprimir.

Porque toda religión necesita un libro.

Y todo mesías moderno necesita una colección.

No un volumen.

Eso sería modestia editorial.

Dos, quizá.

Tres, si el ego amaneció particularmente inspirado.

Pero diez.

Diez es un número bíblico.

Diez mandamientos.

Diez plagas.

Diez dedos.

Diez tomos.

No era una obra.

Era un Pentateuco con presupuesto público.


Existe un instante maravilloso en la vida de todo gobernante.

Ese momento en el que deja de preguntarse cómo resolver un problema…

…y comienza a preguntarse cómo será recordado por quienes todavía no han nacido.

Es una transición delicada.

Hasta ese momento la política consiste en administrar.

Después comienza la paleontología del ego.

Ya no importa tanto el puente.

Importa el capítulo que describirá el puente.

No interesa demasiado la reforma.

Importa el prólogo de la reforma.

Los hechos empiezan a perder terreno frente a la interpretación de los hechos.

Y ahí aparece el papel.

Muchísimo papel.

Porque el papel tiene una ventaja extraordinaria sobre la realidad.

Nunca contradice a quien lo escribe.


Dicen que la colección pesaba varios kilos.

Era lógico.

La gravedad siempre termina cobrando impuestos al narcisismo.

Cada discurso convertido en tinta añadía algunos gramos más al monumento.

Cada alocución televisada se transformaba en una pequeña piedra para la futura pirámide documental.

El resultado recordaba esas enciclopedias que nuestros padres compraban convencidos de que un día las leerían completas.

Nadie las leía.

Pero decoraban maravillosamente la sala.

El conocimiento también sirve como mueble.

Y el legado político, aparentemente, también.


Uno imagina la reunión editorial.

—¿Cuántos tomos hacemos?

—Todos.

—¿Todos cuáles?

—Todos los que hagan falta para que el siglo XXI necesite una carretilla.

Silencio.

Luego alguien propone índices.

Otro habla de cronologías.

Un tercero sugiere fotografías.

Finalmente un funcionario tímido pregunta:

—¿Y si hacemos un resumen?

Lo retiraron de la comisión por evidente comportamiento contrarrevolucionario.

Resumir era traicionar la épica.

Un héroe jamás cabe en un folleto.


Hay una frase que todo político sueña con pronunciar.

«La historia me absolverá.»

Es elegante.

Tiene ritmo.

Suena inmortal.

Pero posee un inconveniente.

La historia tarda demasiado.

Y la paciencia nunca ha sido la principal virtud del dirigente contemporáneo.

¿Por qué esperar cincuenta años?

¿Por qué confiar en historiadores impredecibles?

Mucho más eficiente redactar personalmente el expediente.

Clasificarlo.

Empastarlo.

Distribuirlo.

Y, si es posible, entregarlo ya subrayado.

La posteridad, al parecer, necesita ayuda logística.


Las bibliotecas públicas recibieron la noticia con una mezcla de entusiasmo y preocupación estructural.

No todos los estantes fueron diseñados para soportar semejante densidad autobiográfica.

Los bibliotecarios, héroes silenciosos acostumbrados a convivir con Cervantes, Borges y García Márquez, descubrieron que debían reorganizar el universo.

¿Dónde ubicar semejante criatura editorial?

¿Historia?

¿Política?

¿Ensayo?

¿Filosofía?

¿Literatura fantástica?

Después de largas deliberaciones, algunos optaron por una solución salomónica.

Lo colocaron cerca de las enciclopedias.

No porque fueran similares.

Sino porque ambos compartían la saludable costumbre de intimidar al lector desde la distancia.


Los libros poseen una cualidad profundamente democrática.

Una vez impresos…

…ya no obedecen a su autor.

Pueden ser leídos.

Ignorados.

Subrayados.

Olvidados.

Prestados.

Incluso utilizados para nivelar una mesa coja.

Es el destino inevitable del papel.

La imprenta fabrica inmortalidad.

Los lectores deciden otra cosa.

Y esa incertidumbre constituye la pesadilla secreta de cualquier personalidad acostumbrada al control.

Porque gobernar un ministerio resulta relativamente sencillo.

Gobernar la interpretación futura de tres mil páginas…

…eso ya pertenece al terreno de la metafísica.


Los grandes escritores conocen una verdad incómoda.

Ningún libro se defiende solo.

Necesita lectores.

Necesita tiempo.

Necesita generaciones enteras dispuestas a descubrirlo.

Nuestro protagonista parecía confiar en un método distinto.

La simple acumulación.

Si un discurso no convence…

…quizá diez discursos.

Si diez no bastan…

…mil páginas.

Si mil páginas tampoco…

…tres mil.

Era una estrategia admirablemente geológica.

Enterrar al futuro bajo suficiente celulosa hasta que la arqueología confundiera cantidad con trascendencia.


Los ministros observaban el estuche con esa expresión tan característica del funcionario moderno.

La mezcla exacta entre solemnidad y cálculo.

Aplaudían con prudencia.

Sonreían con precisión administrativa.

Nadie quería parecer poco impresionado frente a una biblioteca portátil dedicada al presente.

Porque el poder tiene una curiosa capacidad de volver razonables las escenas más extravagantes.

Si un vecino llega a la reunión familiar cargando diez tomos de sus conversaciones de WhatsApp, la familia llama discretamente a un psicólogo.

Si ocurre en un salón oficial, con cámaras, atriles y escudos nacionales…

…se llama lanzamiento editorial.

El contexto hace milagros.


Sin embargo, toda gran obra enfrenta una pregunta devastadora.

¿Quién la leerá?

No comprarla.

Leerla.

Son verbos distintos.

Las librerías están llenas de libros adquiridos con enorme entusiasmo y jamás abiertos.

Los gobiernos también producen documentos destinados a una existencia contemplativa.

Reposan.

Acumulan polvo.

Esperan.

La paciencia del papel siempre supera la ansiedad de quien lo escribió.

Tal vez dentro de cincuenta años un estudiante abra el Tomo VII buscando una cita.

Quizá encuentre otra.

Luego otra.

Y otra.

Hasta descubrir que el verdadero protagonista del libro no era el país.

Era la voz.

Siempre la voz.

La voz caminando delante de los acontecimientos, explicándolos antes de que sucedieran y reinterpretándolos después de ocurridos.

Como esos comentaristas deportivos que nunca pierden un partido porque siempre encuentran una explicación elegante para el marcador.


Los antiguos profetas descendían del monte con tablas de piedra.

Nuestro héroe prefirió cartón laminado y papel couché.

La evolución tecnológica también alcanza a las revelaciones.

Ya no hace falta escuchar truenos.

Basta una buena imprenta.

Porque quizá el sueño secreto de todo gobernante no sea permanecer en el poder.

Eso dura poco.

El verdadero sueño consiste en permanecer en las bibliotecas.

Convertirse en lomo.

En referencia.

En cita al pie.

En objeto catalogado.

Hay algo profundamente humano en ese deseo.

Todos queremos dejar una huella.

Algunos plantan árboles.

Otros tienen hijos.

Algunos escriben novelas.

Otros levantan hospitales.

Y hay quienes, desconfiando del criterio caprichoso de la posteridad, deciden enviarle directamente un estuche de diez tomos con instrucciones de uso.

Es una apuesta audaz.

La Historia, sin embargo, tiene un curioso sentido del humor.

Suele leer muy despacio.

Y jamás promete terminar el libro.


El síndrome del aeropuerto sin aplausos

O por qué el silencio protocolario puede sentirse como el fin de la civilización occidental

Hay personas que sufren vértigo.

Otras padecen claustrofobia.

Algunas desarrollan alergia al polen, a los mariscos o a las reuniones de copropietarios.

Pero existe una afección infinitamente más rara.

La padecen únicamente ciertos líderes que han convivido demasiado tiempo con escoltas, cámaras, micrófonos y funcionarios entrenados para asentir con la cabeza.

La ciencia todavía no le ha encontrado un nombre definitivo.

Nosotros la llamaremos:

El Síndrome del Aeropuerto sin Aplausos.

No aparece en los manuales de psiquiatría.

Pero debería ocupar un capítulo entero en los libros de protocolo internacional.

Porque sus síntomas son inconfundibles.

El paciente aterriza normalmente.

Desciende del avión.

Respira.

Mira alrededor.

Y, durante unos segundos, descubre el horror absoluto.

Nadie parece haber organizado un festival en su honor.


Para el ciudadano común, un aeropuerto es un sitio diseñado para perder tiempo.

Se hacen filas.

Se muestran documentos.

Se espera equipaje.

Se compra café demasiado caro.

Se camina kilómetros siguiendo flechas que misteriosamente siempre indican una puerta ubicada todavía más lejos.

Todo muy democrático.

El presidente espera.

El empresario espera.

El mochilero espera.

Incluso el piloto termina esperando.

Los aeropuertos representan la venganza definitiva de la burocracia contra cualquier jerarquía.

Todos avanzan exactamente a la velocidad del escáner.

Pero esa igualdad resulta insoportable para quien lleva años viviendo rodeado de ceremonias.

Porque la costumbre modifica la percepción.

Después de suficientes saludos oficiales, cualquier gesto normal comienza a parecer una humillación.


Existe una extraña alquimia del poder.

Al principio uno agradece los honores.

Después los considera normales.

Finalmente los interpreta como derechos naturales.

Es una evolución perfectamente humana.

También profundamente peligrosa.

Porque el día en que desaparecen…

…no parece que hayan desaparecido los honores.

Parece que desapareció el respeto.

Y el respeto, cuando vive demasiado tiempo dentro del ego, termina confundido con obediencia.


Imaginemos por un instante el diálogo interior.

—¿Dónde están?

Silencio.

—Deben venir.

Silencio.

—Seguramente hubo un retraso.

Silencio.

Cinco minutos después la imaginación comienza a trabajar horas extras.

Quizá existe una conspiración.

Tal vez enviaron un mensaje político.

Es posible que toda Europa haya coordinado una operación psicológica utilizando únicamente una agenda diplomática particularmente aburrida.

Porque la mente humana odia los vacíos.

Si la realidad no ofrece una explicación suficientemente dramática…

…el orgullo la redacta.

Y el orgullo siempre escribe novelas mucho más entretenidas que los hechos.


Hay una diferencia fundamental entre sentirse ignorado…

…y sentirse perseguido.

Lo primero duele.

Lo segundo resulta heroico.

La indiferencia no produce estatuas.

La persecución sí.

Por eso tantos personajes históricos prefirieron enemigos gigantes antes que auditorios vacíos.

Es infinitamente más elegante imaginar que uno incomoda al poder mundial que aceptar la posibilidad, mucho más prosaica, de haber dejado de ocupar el centro de la conversación.

La indiferencia jamás concede épica.

El complot, en cambio, tiene una estética extraordinaria.

Incluye villanos.

Incluye resistencia.

Incluye destino.

Y, sobre todo, incluye protagonista.


Los aeropuertos conocen un secreto que los palacios ignoran.

Nadie es indispensable cuando el siguiente vuelo aterriza en quince minutos.

Mientras una delegación oficial abandona la terminal, otra comienza a descender por la escalerilla.

La historia de un pasajero termina exactamente donde empieza la del siguiente.

Es un mecanismo de relojería.

Perfectamente indiferente.

Los edificios gubernamentales conservan retratos.

Los aeropuertos conservan horarios.

Los retratos alimentan el ego.

Los horarios lo destruyen.


Quizá por eso el protocolo parece tan cruel.

No porque humille.

Sino porque nunca improvisa.

No aplaude.

No exagera.

No dramatiza.

Simplemente ejecuta.

Y ejecutar correctamente un reglamento constituye una actividad insoportablemente gris para cualquier personalidad acostumbrada a interpretar cada gesto como símbolo universal.

Un protocolo jamás piensa:

«Estamos escribiendo una página de la Historia.»

Piensa:

«El vehículo oficial debe detenerse exactamente aquí.»

Qué devastadora diferencia.


Hay quienes creen que los aeropuertos conectan países.

En realidad conectan escalas de importancia.

Uno despega sintiéndose el centro del universo.

Aterriza descubriendo que el universo continúa extraordinariamente ocupado.

Los empleados siguen trabajando.

Las cafeterías siguen vendiendo sándwiches imposibles.

Las pantallas continúan anunciando retrasos.

Las familias siguen abrazándose.

Los niños lloran exactamente con la misma intensidad que antes de la llegada del dignatario.

El mundo posee una alarmante costumbre de no interrumpirse.

Y esa indiferencia cotidiana constituye la mayor afrenta imaginable para quien ha convertido cada desplazamiento en una representación teatral.


Hay una vieja anécdota atribuida a Diógenes.

Cuando Alejandro Magno fue a visitarlo y le preguntó qué podía hacer por él, el filósofo respondió:

—Apártate. Me tapas el sol.

Los historiadores discuten si ocurrió realmente.

Da igual.

La historia sobrevivió porque resume una verdad eterna.

El poder siempre supone que su presencia modifica el paisaje.

A veces el paisaje apenas pide que no le haga sombra.

Los aeropuertos son profundamente diogénicos.

Nunca preguntan quién llega.

Preguntan cuánto pesa el equipaje.


Existe una ironía deliciosa.

El mismo lugar donde miles de personas experimentan diariamente la emoción del reencuentro…

…también puede convertirse en el escenario perfecto para una tragedia estrictamente imaginaria.

Porque el aplauso ausente pesa más que el aplauso recibido.

El saludo que nunca ocurrió ocupa más espacio en la memoria que los veinte saludos que sí ocurrieron.

Así funciona el ego.

Tiene memoria selectiva.

Colecciona omisiones.

Archiva silencios.

Cataloga desaires.

Y convierte cualquier vacío en una catedral narrativa.


Quizá el verdadero problema nunca fueron los funcionarios.

Ni los ministros.

Ni las cámaras.

Ni la longitud de la alfombra.

Tal vez el problema era mucho más antiguo.

Mucho más íntimo.

Mucho más humano.

La dificultad de aceptar que existe un momento en la vida de todo protagonista…

…en el que el telón baja.

No con estruendo.

No con violencia.

No con conspiraciones planetarias.

Simplemente baja.

Las luces del escenario se apagan una por una.

El público comienza a levantarse lentamente de sus asientos.

Los técnicos desmontan el decorado.

Los músicos guardan los instrumentos.

Y alguien, con absoluta cortesía, abre la puerta lateral del teatro y dice:

—Muchas gracias.

El siguiente elenco ya viene en camino.

Porque esa es la lección definitiva de todos los aeropuertos del mundo.

Los aviones aterrizan.

Los aviones despegan.

Las salas vuelven a llenarse.

Las pistas nunca permanecen vacías.

Y ninguna torre de control, por elevada que sea…

…ha logrado convencer al cielo de que suspenda el tráfico aéreo por un solo pasajero.


EPÍLOGO

La Segunda Venida… vía X

O por qué ningún profeta moderno necesita montañas cuando tiene conexión a internet

Toda religión promete un regreso.

Los cristianos esperan la Segunda Venida.

Los fanáticos del rock esperan el regreso de la banda original.

Los hinchas del fútbol esperan al técnico que «sí entendía el equipo».

Los economistas esperan el próximo ciclo.

Los políticos…

Los políticos nunca se van realmente.

Solo cambian de plataforma.

Durante siglos fue el exilio.

Después llegaron los manifiestos.

Más tarde las memorias.

Hoy basta una contraseña y buena señal de Wi-Fi.

Porque el verdadero milagro tecnológico del siglo XXI no fue la inteligencia artificial.

Fue descubrir que un expresidente puede gobernar el algoritmo con más intensidad de la que alguna vez gobernó un gabinete.


Existe un fenómeno fascinante.

El poder institucional tiene fecha de vencimiento.

Las cuentas verificadas, no.

Los decretos expiran.

Los ministros renuncian.

Los carros oficiales cambian de propietario.

Los escoltas saludan a otro jefe.

Pero el botón de «Publicar» permanece allí.

Brillante.

Azul.

Esperando.

Como la espada Excalibur.

Solo que incrustada no en una roca…

…sino en una interfaz.


Los emperadores romanos necesitaban legiones.

Napoleón necesitó cañones.

Churchill necesitó la BBC.

Kennedy necesitó la televisión.

El líder contemporáneo necesita un teléfono con batería al sesenta por ciento.

La evolución de la civilización ha sido extraordinaria.

Antes había que cruzar los Alpes para cambiar la historia.

Ahora basta con escribir:

«Abro hilo…»


Muchos creen que abandonar el poder significa abandonar el escenario.

Qué idea tan antigua.

El escenario ya no es un palacio.

Es una pantalla de seis pulgadas.

El balcón ya no mira hacia una plaza.

Mira hacia un algoritmo.

Los aplausos ya no producen eco.

Producen notificaciones.

Las multitudes ya no llenan avenidas.

Llenan métricas.

La plaza pública fue reemplazada por la línea de tiempo.

Y la línea de tiempo tiene una ventaja maravillosa.

Siempre empieza con uno mismo.


En la Antigüedad, los profetas subían a la montaña.

Esperaban cuarenta días.

Ayunaban.

Meditaban.

Descendían con una revelación.

Qué procedimiento tan ineficiente.

Hoy basta con despertarse a las dos y cuarenta y siete de la madrugada.

Mirar el techo.

Recordar simultáneamente a Heráclito, Simón Bolívar, la crisis climática, una ópera italiana y una noticia internacional.

Tomar el teléfono.

Y escribir.

La montaña fue sustituida por el modo nocturno.


El algoritmo posee un extraño parecido con la divinidad.

Es invisible.

Todo el mundo habla de él.

Nadie entiende exactamente cómo funciona.

Castiga.

Premia.

Hace desaparecer mensajes.

Multiplica otros.

Tiene discípulos.

Tiene herejes.

Y, como todo dios moderno, exige sacrificios diarios.

Publica.

Responde.

Reacciona.

Insiste.

No descanses.

Porque el algoritmo ama a los perseverantes.

Y el protagonista eterno jamás desperdicia una oportunidad para sentirse elegido.


La gran ventaja de las redes sociales consiste en que nunca exigen mayoría.

Solo atención.

Y atención no es exactamente lo mismo que respaldo.

Un incendio también atrae muchísima atención.

Una tormenta.

Un eclipse.

Un choque de trenes.

El algoritmo jamás pregunta si el mundo está de acuerdo contigo.

Pregunta algo infinitamente más rentable.

¿Siguen mirando?

Mientras la respuesta sea sí…

…el espectáculo continúa.


Resulta inevitable imaginar el futuro.

Han pasado algunos años.

El antiguo despacho pertenece a otro.

Las fotografías oficiales muestran otros rostros.

Los periodistas cubren otras polémicas.

Los nuevos gobernantes descubren que el poder también envejece.

Y, de pronto…

A las tres y doce de la madrugada…

Aparece un nuevo hilo.

Empieza con Roma.

Continúa con Shakespeare.

Hace escala en el Caribe.

Saluda a Verdi.

Se detiene unos minutos en Jerusalén.

Visita la Amazonía.

Conversa con Sócrates.

Recuerda un aeropuerto.

Concluye denunciando que la humanidad todavía no comprendió la belleza.

Miles de personas responden inmediatamente.

Algunas aplauden.

Otras insultan.

Muchas simplemente preguntan:

—¿Pero qué quiso decir?

Y así renace el milagro.

No el de convencer.

El de seguir ocupando espacio.


Los viejos generales soñaban con volver montados sobre un caballo blanco.

Los caudillos latinoamericanos imaginaban caravanas.

Los revolucionarios hablaban del regreso de las masas.

Nuestro protagonista descubrió una versión mucho más económica.

No necesita caballos.

No necesita balcones.

Ni siquiera necesita salir de casa.

Solo necesita cobertura.

La Segunda Venida ocurre cada vez que aparece la notificación.

«Nuevo post publicado.»

Y los fieles acuden.

No porque siempre crean.

Sino porque siempre sienten curiosidad.

La curiosidad es la forma más resistente de la política.


Tal vez ahí resida la mayor ironía de toda esta historia.

Durante cientos de páginas hablamos de Roma.

De Verdi.

De Shakespeare.

De aeropuertos.

De bibliotecas.

Del Vaticano.

De protocolos.

De imperios.

Y, sin embargo, todo termina reducido al objeto más pequeño de la narración.

Una pantalla.

Cinco pulgadas de vidrio.

Un teclado diminuto.

Un cursor intermitente.

Porque todos los grandes relatos terminan necesitando un narrador.

Y todo narrador, tarde o temprano, corre el riesgo de enamorarse más de su propia voz que de la historia que intenta contar.


Quizá ningún personaje de esta crónica sea realmente excepcional.

Todos, en mayor o menor medida, construimos una versión de nosotros mismos.

Todos editamos nuestros recuerdos.

Todos preferimos las derrotas heroicas a los errores comunes.

Todos imaginamos que el mundo presta más atención de la que realmente presta.

La diferencia está únicamente en la escala.

Unos lo hacen en la sobremesa del domingo.

Otros en un libro.

Algunos desde un atril.

Y unos pocos…

…desde una cuenta verificada que jamás duerme.

Porque el verdadero poder nunca consistió en tener la última palabra.

Consistió en convencerse de que el universo entero estaba esperando el siguiente trino.

Y quizá, solo quizá…

esa sea la forma más moderna de la inmortalidad.

No permanecer en los monumentos.

Ni en las bibliotecas.

Ni en los discursos.

Sino aparecer, una madrugada cualquiera, en la pantalla de millones de teléfonos…

…convencido de que el Apocalipsis puede anunciarse en doscientas ochenta letras.


Deja una respuesta