Ganadería y educación ambiental avanzan con inversión, tecnología y prácticas que buscan aprovechar mejor los recursos rurales.


En el campo de Caldas hay transformaciones que no siempre se ven desde las carreteras. Algunas ocurren dentro de una finca, cuando una hembra bovina entra en un programa de mejoramiento genético y aumenta la posibilidad de obtener animales con mejores características productivas. Otras comienzan en una escuela rural, cuando los residuos orgánicos que antes podían terminar como desechos empiezan a convertirse en abono para una huerta.
Dos iniciativas desarrolladas en municipios caldenses muestran esas dos caras de una misma apuesta por el territorio rural: producir mejor y aprovechar mejor los recursos disponibles.
En Pensilvania, Marulanda y Salamina, un convenio de mejoramiento genético bovino alcanzó las 200 inseminaciones artificiales a tiempo fijo y registró una tasa de preñez del 68,42 %. Mientras tanto, en Victoria, Marquetalia, Pensilvania y Manzanares, instituciones educativas rurales recibieron compostadoras y kits para transformar residuos orgánicos en abono natural.
Una intervención trabaja directamente sobre la productividad ganadera.
La otra comienza con estudiantes y residuos.
Ambas, sin embargo, llevan una idea similar al territorio: los recursos rurales pueden ser aprovechados de manera más eficiente cuando existen conocimiento, acompañamiento técnico y herramientas adecuadas.
200 inseminaciones y una pregunta por la productividad
El mejoramiento genético bovino desarrollado por la Gobernación de Caldas, a través de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, se ejecutó entre el 1 de agosto de 2025 y el 30 de mayo de 2026.


El proyecto fue desarrollado por la Institución Universitaria Oriente de Caldas —UNIOC— y contó con una inversión cercana a los $90 millones.
Su objetivo estuvo dirigido a pequeños y medianos ganaderos de Pensilvania, Marulanda y Salamina, con acciones orientadas a mejorar parámetros reproductivos y productivos.
La meta principal se cumplió completamente: se realizaron 200 inseminaciones artificiales a tiempo fijo —IATF—.
El resultado reproductivo alcanzó una tasa de preñez del 68,42 %, lo que equivale aproximadamente a 137 hembras preñadas como resultado del proceso.
El dato permite dimensionar el alcance inmediato de la intervención, pero el verdadero resultado productivo tendrá que observarse posteriormente, cuando las crías crezcan y los productores puedan evaluar las características obtenidas.
Por eso, el proyecto no termina con la inseminación.
Blanco Orejinegro, Normando y Gyr
El proceso utilizó material genético de tres razas: Blanco Orejinegro, Normando y Gyr.
La selección respondió a la búsqueda de mejores parámetros tanto para producción de carne como de leche, además de características de adaptabilidad.
Jorge Andrés Pulgarín Giraldo, médico veterinario y zootecnista y profesional especializado de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural de Caldas, explicó el alcance del trabajo:
“Beneficiamos a productores de los tres municipios y realizamos la inseminación de 200 hembras con tres razas: Blanco Orejinegro, Normando y Gyr, buscando el mejoramiento de parámetros productivos tanto en producción de carne como de leche, además de una mayor adaptabilidad”.
La genética, sin embargo, no funciona de manera aislada.
El proceso incluyó visitas técnicas a los predios, diagnóstico de las condiciones de las fincas y de las hembras, sincronización reproductiva y aplicación del protocolo de inseminación artificial a tiempo fijo.
Es decir, la intervención combinó genética y acompañamiento técnico.
Cuando la genética se encuentra con la alimentación
El proyecto también plantea una relación importante entre genética, nutrición y productividad.
Según la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, la producción promedio de leche en Caldas se encuentra alrededor de seis litros por animal.
Pero experiencias anteriores de mejoramiento genético y manejo nutricional han permitido alcanzar producciones de entre 10 y 12 litros por animal.
Pulgarín Giraldo explicó esa relación:
“Cuando hemos hecho este tipo de proyectos hemos subido a 10 y hasta 12 litros por animal, solamente con alimentación de pasto. Cuando empezamos a mejorar genéticamente y mejoramos la alimentación, aumenta la producción de carne y de leche. Eso es lo que queremos, pero necesitamos hacer el seguimiento”.
La última parte resulta fundamental.
Los resultados del mejoramiento genético no se pueden medir únicamente en el momento de la inseminación. Será necesario observar las gestaciones, los nacimientos, el desarrollo de las crías y posteriormente su comportamiento productivo.
La inversión, por tanto, tiene una dimensión de mediano plazo.
El proyecto continúa después de las inseminaciones
La finalización de las 200 inseminaciones no significa que el convenio haya terminado en términos de seguimiento.
Los municipios y la UNIOC continuarán acompañando a los animales, especialmente a las hembras que todavía no han culminado su proceso de gestación y a las crías que están naciendo.
Para facilitar ese trabajo, el proyecto contempló la adquisición de equipos e insumos.
Entre ellos se encuentra un ecógrafo veterinario, herramienta que permitirá apoyar los procesos de seguimiento reproductivo.
También se adquirieron elementos para dar continuidad a las actividades relacionadas con la reproducción bovina.
Los productores participantes asumieron, además, compromisos orientados a conservar los resultados del mejoramiento genético.
Entre ellos está evitar la comercialización prematura de los terneros obtenidos mediante la iniciativa.
La razón es sencilla: si el objetivo es mejorar las características productivas de la ganadería, esos animales necesitan permanecer dentro del proceso el tiempo suficiente para que el mejoramiento pueda consolidarse.
La otra transformación ocurre en las escuelas
Mientras en las fincas se trabaja con genética, reproducción y productividad, en las instituciones educativas rurales de Caldas comienza otro tipo de transformación.



El Plan Departamental de Agua —PDA— de la Secretaría de Vivienda y Territorio de la Gobernación entregó 10 compostadoras y kits de compostaje a instituciones educativas rurales de Victoria, Marquetalia, Pensilvania y Manzanares.
El objetivo es convertir los residuos orgánicos en abono natural para las huertas escolares y otros espacios productivos.
Los kits incluyen palas, canastas seleccionadoras y zarandas manuales.
Más que entregar equipos, la estrategia busca que los estudiantes aprendan directamente cómo un residuo puede convertirse en un recurso.
John Alexander Castañeda, líder del componente Ambiental del Plan Departamental de Agua, explicó el propósito:
“Lo que queremos es que nuestros niños, niñas y adolescentes aprendan a transformar los residuos orgánicos en abono natural, aprovechándolos en sus propias huertas y comprendiendo desde la práctica la importancia de reducir, aprovechar y devolver nutrientes a la tierra”.
La enseñanza ocurre así en un espacio concreto.
Los estudiantes pueden separar residuos, participar en el proceso de compostaje y posteriormente utilizar el abono obtenido en sus propias huertas.
La escuela rural como laboratorio ambiental
En las instituciones rurales, la educación ambiental puede conectarse directamente con las actividades productivas de las familias.
Ese es uno de los elementos más interesantes de la estrategia.
No se trata únicamente de explicar qué es el compostaje en un salón de clases.
La idea es aprender haciéndolo.
Los estudiantes pueden observar qué sucede con los residuos orgánicos, conocer las etapas del proceso y comprobar que aquello que normalmente se considera basura puede regresar al suelo convertido en materia aprovechable.
La estrategia también busca generar compromisos dentro de las comunidades educativas para garantizar el adecuado manejo de las compostadoras y la continuidad del proceso.
De esta manera, la herramienta no debería quedarse como un equipo más dentro de una institución.
Su utilidad depende de que sea incorporada a las prácticas cotidianas de estudiantes, docentes y comunidades.
En Marquetalia ya había una experiencia
La entrega de los equipos parte, además, de experiencias que ya existían en algunas instituciones.
En la I.E. La Quiebra de Marquetalia, los estudiantes ya trabajaban el compostaje utilizando cajas pequeñas y aprovechando conocimientos relacionados con las actividades que desarrollan en sus fincas.
Para la docente Lina Marcela Garcés, contar con nuevos equipos permitirá ampliar esa experiencia:
“Tener este equipo acá es de gran ayuda porque nos permite manejar los residuos que se generan no solo dentro del restaurante, sino también en los alrededores, y producir abono orgánico para nuestra huerta escolar”.
La institución cuenta con cultivos de plantas aromáticas, medicinales y hortalizas para el consumo.
El compost producido por los estudiantes podrá incorporarse a esos espacios.
La lógica es circular: los residuos orgánicos generados en la institución pueden regresar al suelo como nutrientes para producir nuevos alimentos.
De los residuos a la producción del campo
La experiencia de la I.E. Antonio María Hincapié, también en Marquetalia, plantea otra dimensión.
Su rector, Julián Andrés González López, destacó que la compostadora permitirá optimizar el aprovechamiento de los residuos.
“Sabemos que hay que pensar en un mundo sostenible y esta es una oportunidad para utilizar los desechos en beneficio de la producción del campo”.
La frase resume uno de los principios centrales del compostaje: cambiar la manera de entender el residuo.
Lo que se desecha puede contener materia orgánica y nutrientes que todavía tienen utilidad.
Cuando se procesa correctamente, puede convertirse en un insumo para el suelo.
En una institución educativa rural, esa transformación tiene además un componente pedagógico.
Los estudiantes pueden llevar el aprendizaje desde la escuela hasta sus casas y fincas, conectando la educación ambiental con las actividades que forman parte de la vida cotidiana de sus familias.
Victoria: aprender primero, comprometerse después
En la I.E. Cañaveral, sede Bella Vista de Victoria, la llegada de la compostadora también abre un proceso de aprendizaje.
Luz Ángela Álvarez, docente de la institución, explicó que uno de los primeros pasos será enseñar a los estudiantes cómo funciona el equipo y qué proceso deben seguir.
“Primero queremos darles a conocer a los estudiantes la importancia de la compostadora y luego generar estrategias para que ellos mismos aprendan el manejo y el proceso que se va a llevar a cabo en la institución. También vamos a crear compromisos para que contribuyan al buen funcionamiento de este proyecto”.
La última parte resulta determinante.
Una compostadora necesita participación permanente.
La separación adecuada de residuos, el manejo del material y el seguimiento del proceso requieren que las personas que utilizan el equipo conozcan su funcionamiento y asuman responsabilidades.
La educación ambiental deja así de ser solamente un contenido y se convierte en una práctica cotidiana.
Dos caminos para aprovechar mejor los recursos
Las dos iniciativas tienen escalas y objetivos diferentes.
El mejoramiento genético bovino busca elevar parámetros reproductivos y productivos de pequeños y medianos ganaderos.
El programa de compostaje busca transformar residuos orgánicos y enseñar prácticas de economía circular en instituciones educativas rurales.
Pero ambas parten de una premisa similar: el desarrollo rural también depende de aprender a aprovechar mejor lo que ya existe.
En la ganadería, se busca aprovechar mejor el potencial productivo de los animales mediante selección genética, reproducción programada, alimentación y acompañamiento técnico.
En las escuelas, se busca aprovechar los residuos orgánicos como materia prima para producir abono.
En ambos casos, la tecnología por sí sola no basta.
Una inseminación artificial necesita seguimiento, alimentación y manejo.
Una compostadora necesita estudiantes, docentes, separación adecuada y compromiso comunitario.
Tecnología con acompañamiento
Otro elemento común es la necesidad de combinar inversión con conocimiento.
Los cerca de $90 millones destinados al proyecto ganadero permitieron desarrollar las intervenciones reproductivas y adquirir equipos e insumos para continuar el seguimiento.
En las instituciones educativas, las compostadoras llegaron acompañadas de kits con herramientas para realizar el proceso.
Pero en ambos casos también existe acompañamiento humano.
Profesionales de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural participaron en el seguimiento del proyecto ganadero.
En las instituciones educativas, docentes y responsables del componente ambiental acompañan a los estudiantes en la incorporación de las nuevas prácticas.
El resultado esperado no depende solamente de la máquina o del procedimiento.
Depende de lo que las comunidades hagan con esas herramientas.
El campo como espacio de aprendizaje
Las experiencias también muestran que la ruralidad puede ser un escenario donde educación y producción se encuentran.
Una escuela con huerta puede enseñar sobre residuos, suelo, alimentos y sostenibilidad al mismo tiempo.
Una finca ganadera puede convertirse en un espacio para aplicar conocimientos sobre genética, reproducción, nutrición y productividad.
La conexión entre teoría y práctica resulta especialmente visible en estos proyectos.
Los estudiantes pueden ver el resultado del compostaje en las plantas que cultivan.
Los ganaderos pueden observar el resultado del mejoramiento genético a medida que avanzan los procesos reproductivos y productivos.
El aprendizaje deja entonces una huella material.
El reto: que los resultados permanezcan
Tanto en la ganadería como en el compostaje, el verdadero desafío aparece después de la entrega o de la intervención inicial.
En el proyecto bovino será necesario seguir las gestaciones, los nacimientos y el desarrollo de las crías para determinar cómo se comportan los resultados obtenidos.
En las instituciones educativas será necesario mantener las compostadoras funcionando, separar correctamente los residuos y utilizar el abono producido.
Eso significa que los proyectos tienen una segunda etapa que depende de los usuarios directos.
El seguimiento técnico y los compromisos adquiridos buscan precisamente evitar que las iniciativas terminen cuando finaliza una jornada o se entrega un equipo.
Ruralidad que produce y también transforma
Caldas tiene en estas experiencias dos ejemplos de cómo una intervención puede generar efectos que van más allá del resultado inmediato.
Una hembra inseminada representa una posibilidad futura de mejoramiento del hato.
Un residuo orgánico correctamente aprovechado representa un nutriente que puede regresar al suelo.
Una cría que permanece dentro del proceso de mejoramiento puede aportar posteriormente nuevas características al sistema productivo.
Un estudiante que aprende a compostar puede llevar ese conocimiento hasta su casa y su finca.
La transformación rural, en estos casos, no ocurre solamente a través de grandes obras.
También puede comenzar con una decisión técnica en una finca o con una compostadora instalada en una escuela.
Del animal a la tierra
Las dos iniciativas cuentan historias diferentes, pero juntas muestran un campo en el que producción y sostenibilidad pueden avanzar por caminos complementarios.
En Pensilvania, Marulanda y Salamina, la genética busca contribuir a una ganadería con mejores parámetros productivos y reproductivos.
En Victoria, Marquetalia, Pensilvania y Manzanares, el compostaje busca que las nuevas generaciones comprendan que los residuos orgánicos pueden regresar al ciclo productivo.
Una estrategia mira hacia el mejoramiento del ganado.
La otra mira hacia el suelo.
Y ambas requieren algo que no se compra con una inversión inicial: continuidad.
Porque el éxito de un programa de mejoramiento genético se conocerá con el tiempo, cuando las nuevas generaciones de animales muestren sus características productivas.
Y el éxito de una compostadora se verá cuando siga funcionando meses después de la entrega y los estudiantes continúen convirtiendo residuos en abono.
En los dos casos, la transformación apenas comienza cuando termina la intervención inicial.

