Iván Cepeda frente a un collage del conflicto en el Estrecho de Ormuz con banderas de EE. UU., China e Irán, buques en llamas y billetes de pesos colombianos y dólares en caída económica.

¿El «Efecto Ormuz» hundirá al petrismo? El inesperado regalo de Trump a la oposición colombiana

Actualidad Internacional

La abstención en la ONU ante la crisis de Ormuz aísla al petrismo y entrega a la oposición el relato de la derrota económica.

El pasado 7 de abril de 2026, la delegación colombiana en Nueva York fracturó la relación con sus aliados históricos al abstenerse de votar la resolución del Consejo de Seguridad para la apertura del Estrecho de Ormuz, una maniobra justificada por el gobierno de Gustavo Petro bajo la bandera de la «neutralidad multipolar» que, sin embargo, dejó al país en una vulnerabilidad extrema frente al ultimátum de Donald Trump. La decisión, ejecutada en medio de una escalada que disparó el dólar y el crudo, fue rápidamente capitalizada por la oposición local, que transformó el desplante diplomático en un demoledor argumento de campaña contra el heredero político del Pacto Histórico, Iván Cepeda, de cara a las presidenciales de 2026.


La abstención de Colombia en la ONU ante la crisis del Estrecho de Ormuz ha encendido las alarmas. Lo que el Gobierno de Gustavo Petro defiende como «neutralidad multipolar», la oposición lo ha convertido en el eje de su campaña para 2026: la acusación de haberle dado la espalda a Occidente para «salvarle la cara» a Irán.

El 7 de abril de 2026 quedará marcado en los libros de historia no solo por el freno al «Reloj del Juicio Final» en el Estrecho de Ormuz, sino por el sismo político que provocó en Bogotá. Mientras el mundo contenía la respiración ante el ultimátum de Donald Trump, en el Consejo de Seguridad de la ONU, Colombia tomaba una decisión que marcará el futuro de las elecciones presidenciales de mayo: la abstención.

Para el gobierno de Gustavo Petro y su posible sucesor, Iván Cepeda, la decisión fue un acto de coherencia con su visión de un mundo multipolar. Pero para la oposición, este movimiento es un «regalo de campaña» caído del cielo.


1. El tablero: ¿Soberanía o aislamiento?

La crisis de Ormuz no fue un conflicto lejano. Con el petróleo rozando los 110 dólares y las cadenas de suministro globales al borde del colapso, la seguridad de ese estrecho era una prioridad de seguridad nacional para Colombia. Sin embargo, la delegación colombiana decidió no apoyar la resolución que buscaba escoltas internacionales para los buques mercantes.

El argumento de la oposición es letalmente sencillo para el votante promedio: «Mientras el mundo buscaba proteger el comercio, Petro prefirió no incomodar a Irán». Esta narrativa conecta directamente con el miedo a que Colombia se convierta en una «paria internacional», alejada de sus aliados históricos como Estados Unidos y la Unión Europea.


2. La sombra de Trump: Una cuenta de cobro que no olvida

Donald Trump no es un presidente que gestione las diferencias bajo el protocolo diplomático tradicional. Su retórica del «Reloj del Juicio Final» y su estilo de «conmigo o contra mí» ponen a Colombia en una situación de vulnerabilidad extrema.

La oposición ya está capitalizando este riesgo. El discurso en las plazas públicas y redes sociales es claro: un gobierno de Iván Cepeda significaría cuatro años más de peleas con la Casa Blanca. Los ataques de la derecha colombiana se centran en las posibles represalias de Washington:

  • Certificación antidrogas: El riesgo de perder la ayuda militar.
  • Tratado de Libre Comercio (TLC): La posibilidad de que Trump imponga aranceles al café o las flores colombianas como castigo político.
  • Dólar y mercados: La desconfianza de los inversores ante una Colombia que se alinea con el bloque de China, Rusia e Irán.

3. ¿Petro es «multipolar» o simplemente anti-Washington?

El análisis editorial sugiere que la estrategia de Petro es audaz pero peligrosa. Al abstenerse junto a Pakistán, el gobierno colombiano envió el mensaje de que el eje del poder ha cambiado. La tregua de último minuto lograda por China e Islamabad parece darle la razón táctica a Petro: la solución no vino de las bombas de Trump, sino de la diplomacia asiática.

Sin embargo, la política interna no se alimenta de geopolítica compleja, sino de percepciones. La percepción de que Petro «salvó la cara» a un régimen teocrático como el de Teherán es un lastre pesado para la campaña de Iván Cepeda. La oposición sabe que, en las urnas, el electorado suele preferir la seguridad de un aliado conocido (EE. UU.) que la incertidumbre de un nuevo orden liderado por Pekín.


4. Iván Cepeda y el reto de la herencia

Iván Cepeda, considerado el «heredero» del proyecto del Pacto Histórico, se encuentra ahora en una encrucijada. Si defiende la abstención en la ONU, se arriesga a ser visto como un ideólogo radical que pone la ideología por encima de los intereses económicos del país. Si intenta distanciarse, pierde la base sólida de Petro que rechaza el «imperialismo norteamericano».

La crisis de Ormuz le ha dado a la oposición el marco perfecto para un plebiscito sobre la política exterior:

  • Opción A: Una Colombia integrada al bloque occidental, con seguridad jurídica y alianza con EE. UU.
  • Opción B: Una Colombia «multipolar» que desafía a Washington y busca refugio en la influencia de China y Rusia.

5. El petróleo vale más que las bombas, pero los votos valen más que el petróleo

Es irónico que la crisis de Ormuz se resolviera porque «el petróleo vale más que las bombas», como dicen los analistas globales. En Colombia, esa máxima se traduce en que la estabilidad económica —garantizada por la relación con EE. UU.— es lo que mueve el voto de la clase media.

La oposición no necesita que Trump sancione a Colombia hoy; solo necesita que el electorado crea que Trump lo hará si el petrismo continúa en el poder. La abstención en la ONU fue el combustible que le faltaba a la centroderecha para encender su campaña.


La «Factura de Ormuz» – El choque económico que sacudió a Colombia

Si bien la tregua de las 7:58 p.m. evitó la destrucción física, la «onda de choque financiera» ya había cruzado el Atlántico. Para Colombia, un país que depende del petróleo para su balanza de pagos pero que importa gran parte de sus insumos, el impacto fue una paradoja económica dolorosa.

1. El Petróleo: ¿Bendición o Maldición?

El precio del crudo Brent (referencia para Colombia) saltó de los $87.30 a los $108.60 en menos de 48 horas tras el cierre del estrecho.

  • El lado positivo: Ecopetrol reportó ingresos extraordinarios proyectados por el aumento del precio. El gobierno de Petro argumentó que esto fortalecería las reservas internacionales.
  • El golpe real: La euforia de los ingresos se disipó cuando el mercado entendió que, con el Ormuz bloqueado, los costos de los fletes marítimos globales aumentaron un 450%. Exportar crudo colombiano hacia Asia se volvió logísticamente prohibitivo, anulando las ganancias por el alto precio.

2. La Inflación de «Último Minuto»

Colombia importa casi el 100% de los fertilizantes y muchos componentes químicos para la industria. Al paralizarse el 20% del petróleo mundial, el costo del transporte de estos insumos se disparó.

  • Impacto en la canasta básica: En la semana de la crisis, los precios de alimentos frescos en centrales como Corabastos subieron un 12%. Los transportadores de carga en Colombia, temiendo un desabastecimiento global de combustibles, comenzaron a aplicar recargos por «emergencia energética».
  • El efecto psicológico: El pánico financiero llevó al Peso Colombiano (COP) a depreciarse frente al dólar, superando la barrera de los $4,300. El mercado castigó la abstención de Colombia en la ONU, interpretándola como una señal de inestabilidad en la relación con su principal socio comercial y garante de divisas: Estados Unidos.

3. El Dilema del «Peaje en Yuanes»

Uno de los detalles más polémicos de la tregua gestionada por China fue la consolidación de cobros de peaje en Yuanes (RMB) para los buques que transitan por el estrecho bajo supervisión iraní.

  • Para la oposición colombiana, esto representó un golpe al estatus del dólar. El hecho de que Colombia se abstuviera en la resolución fue visto como una aceptación tácita de este nuevo sistema financiero liderado por China, lo que generó duras críticas de los gremios bancarios nacionales, que operan casi exclusivamente en el sistema SWIFT dominado por el dólar.

4. Comparativa de Impacto (Semana de la Crisis)

IndicadorAntes del UltimátumPunto Máximo (7 de abril)Impacto Post-Tregua
Precio Brent$87.20$108.60$94.10 (Estabilizado)
Tasa de Cambio (COP)$3,950$4,320$4,180
Costo Flete MarítimoBase 100550 (Índice)320 (Sigue alto)
Riesgo País (EMBI)380 pts445 pts420 pts

5. La lectura política del impacto

La oposición ha tomado estos datos para construir su «cuenta de cobro» electoral:

«Petro celebró la tregua china, pero el bolsillo de los colombianos pagó el precio de la incertidumbre. Cada peso que subió el dólar por el miedo a Trump y la soledad de Colombia en la ONU es un impuesto que el petrismo le puso a la comida de la gente».


El Frente Gremial: La «Alerta Roja» del sector productivo

Mientras la Cancillería hablaba de «multipolaridad», los edificios de los gremios en Bogotá hervían en comunicados de urgencia. La abstención de Colombia no fue vista como un gesto de paz, sino como un salto al vacío diplomático que ponía en riesgo la estabilidad del sector privado.

1. ANDI (Asociación Nacional de Empresarios de Colombia)

Su presidente, Bruce Mac Master, fue uno de los más críticos. La ANDI enfatizó que la seguridad jurídica y comercial de Colombia depende de reglas claras en el comercio global.

  • La crítica: «La libertad de navegación no es un tema ideológico, es la base del comercio exterior colombiano». El gremio advirtió que alinearse con la inacción de China y Rusia enviaba una señal de desconfianza a los mercados occidentales, que son los principales compradores de manufactura y servicios colombianos.

2. SAC (Sociedad de Agricultores de Colombia)

Desde el sector agropecuario, liderado por Jorge Bedoya, la preocupación se centró en los costos de producción.

  • La alerta: «Colombia no produce sus propios fertilizantes». La SAC recordó que cualquier inestabilidad en Ormuz que China no resuelva de forma inmediata encarece la comida en la mesa de los colombianos. Para la SAC, la abstención fue una apuesta arriesgada: si la tregua de China falla en dos semanas, Colombia se habrá quedado sin el respaldo de la «fuerza de protección» que proponía la resolución de la ONU.

3. Analdex (Asociación Nacional de Exportadores)

Los exportadores fueron tajantes sobre el factor Trump.

  • El temor al TLC: Javier Díaz, presidente de Analdex, señaló que «jugar a las dos bandas» con una administración como la de Donald Trump es invitar a represalias arancelarias. La preocupación es que Washington deje de considerar a Colombia como un «aliado estratégico» (estatus que otorga beneficios en el ingreso de productos) y pase a verla como un «colaborador del bloque rival».

4. Fenalco (Federación Nacional de Comerciantes)

Jaime Alberto Cabal calificó la postura de «desconectada de la realidad nacional». Para Fenalco, el encarecimiento del dólar producto de la incertidumbre en la ONU castigó de inmediato al comercio minorista, que ya venía golpeado por la inflación.


La oposición ya ha sintetizado estas reacciones en un mensaje directo para el electorado de 2026:

«No es solo un voto en Nueva York; es la ANDI, la SAC y los exportadores diciéndole al país que el Gobierno está jugando con el empleo y el precio de la comida. Petro y Cepeda prefirieron la foto con el bloque de China que la seguridad de los trabajadores colombianos».


Conclusión: Un regalo con moño y tarjeta

La crisis de Ormuz ha sido el evento que sacó la campaña presidencial colombiana de los temas locales y la llevó al escenario global. Petro, en su búsqueda de un puesto en la historia como líder del «Sur Global», podría haberle entregado a sus detractores la llave de la Casa de Nariño para 2026.

El 7 de abril, mientras el mundo evitaba una guerra en el Golfo Pérsico, en Colombia se libraba una batalla simbólica por la confianza del electorado. Y en esa batalla, la oposición ya tiene un eslogan ganador: «Mientras ellos protegen a Irán, nosotros protegeremos a Colombia».


El día en que la política exterior dejó de ser lejana

Hay momentos en la historia política de un país que no se anuncian con estruendo, pero terminan marcando un antes y un después. No siempre vienen en forma de reformas, elecciones o crisis internas. A veces llegan disfrazados de decisiones técnicas, tomadas a miles de kilómetros, en salas donde el lenguaje parece ajeno al ciudadano común.

La abstención de Colombia en el Consejo de Seguridad de la ONU frente a la crisis del Estrecho de Ormuz podría ser uno de esos momentos.

No por el voto en sí mismo, sino por lo que desató.

Porque, de pronto, la política exterior dejó de ser un asunto distante —propio de cancilleres y diplomáticos— para convertirse en una conversación de calle, en una preocupación económica, en un argumento de campaña. Lo que ocurrió en Nueva York encontró eco en Bogotá, en Medellín, en cualquier lugar donde el precio de los alimentos, del dólar o del transporte empezó a moverse.

Ese es el verdadero “Efecto Ormuz”.

No la tensión militar evitada a última hora. No el pulso entre potencias. Sino la forma en que un episodio global logró colarse en la cotidianidad colombiana y, sobre todo, en su debate político.

El gobierno de Gustavo Petro ha defendido su decisión como un acto de coherencia en un mundo que ya no responde a lógicas unipolares. En esa lectura, la abstención no es debilidad, sino prudencia; no es ambigüedad, sino una forma de no legitimar escaladas bajo discursos de seguridad.

Y hay, sin duda, una lógica en ese argumento. La tregua impulsada por actores como China y Pakistán sugiere que el poder global está en transición, que las soluciones no siempre pasan por los canales tradicionales, que la diplomacia —incluso la que incomoda a Occidente— puede evitar conflictos mayores.

Pero la política interna no se mueve al ritmo de la geopolítica. Se mueve al ritmo de las percepciones.

Y en ese terreno, la oposición encontró una oportunidad que difícilmente dejará pasar.

La figura de Donald Trump —con su lógica binaria, su estilo confrontacional y su imprevisibilidad— funciona como catalizador de ese relato. No hace falta que haya sanciones, ni decisiones formales, ni rupturas diplomáticas. Basta con que exista la posibilidad. Basta con que esa posibilidad sea creíble para el votante.

Ahí es donde la discusión deja de ser internacional y se vuelve profundamente doméstica.

Porque el ciudadano no vota pensando en equilibrios de poder global. Vota pensando en estabilidad, en precios, en certezas. Y cuando el dólar sube, cuando los alimentos se encarecen, cuando los gremios hablan de incertidumbre, la cadena causal —por compleja que sea— tiende a simplificarse.

Alguien tiene que ser responsable.

En ese escenario aparece Iván Cepeda, atrapado en una tensión que no es solo política, sino narrativa. Defender la coherencia de la política exterior actual implica asumir sus costos simbólicos. Distanciarse de ella implica debilitar el proyecto del que forma parte.

No es un dilema ideológico. Es un dilema de traducción.

Cómo convertir una visión del mundo —sofisticada, estructural, de largo plazo— en un mensaje que conecte con quien mide la realidad en el precio del mercado o en la tasa de cambio.

Esa será, probablemente, una de las claves de la campaña de 2026.

Porque lo que dejó la crisis de Ormuz no fue solo una tensión internacional contenida, sino una pregunta abierta en la política colombiana: si el país puede darse el lujo de redefinir su lugar en el mundo sin pagar un costo interno.

No hay respuesta única.

Pero sí hay una certeza incómoda: en la era de la interdependencia, ya no existen decisiones “lejanas”. Cada voto, cada abstención, cada gesto diplomático tiene una traducción —económica, política o simbólica— en la vida cotidiana.

Y en elecciones, esa traducción lo es todo.

Al final, el “Efecto Ormuz” no se medirá en barriles de petróleo ni en resoluciones de la ONU. Se medirá en algo mucho más simple y determinante: en la capacidad de cada proyecto político de convencer al ciudadano de que, en medio de un mundo incierto, su vida estará mejor protegida.

Porque en democracia, más que tener la razón, lo que define el poder es lograr que esa razón se sienta verdadera.

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