Emprendedoras, comerciantes y jóvenes rurales construyen oportunidades desde distintos territorios de la ciudad.



En distintos puntos de Manizales, detrás de un puesto de frutas, una bandeja de pasabocas o un pequeño proyecto rural, hay historias de personas que encontraron en el trabajo una manera de sostener a sus familias, aprender nuevos oficios y construir oportunidades. Son experiencias diferentes, pero tienen algo en común: nacieron de necesidades concretas y crecieron con esfuerzo, acompañamiento y perseverancia.
La Casa para la Dignidad de las Mujeres, la Plaza de Mercado y las zonas rurales del municipio muestran tres escenarios donde estas historias ocurren todos los días. Allí están Anlly Malavera, Yari Ximena Cuartas y Julián Montoya, protagonistas de emprendimientos y trayectorias que hablan de la diversidad del trabajo cotidiano en Manizales.
Anlly encontró en los espacios para mujeres una oportunidad para hacer crecer su emprendimiento
En la Casa para la Dignidad de las Mujeres, de la Secretaría de la Mujer y Equidad de Género, diferentes mujeres encuentran espacios de formación, acompañamiento y participación en actividades que buscan fortalecer sus emprendimientos.

Entre ellas está Anlly Malavera Ceballos, creadora de Prade Pasabocas, iniciativa dedicada a la elaboración de productos dulces y salados para eventos y celebraciones.
“Somos un emprendimiento de pasabocas para eventos y fiestas”, explica Anlly.
Su oferta incluye productos desde $1.000 y entre sus preparaciones está la minihamburguesa de carne de lentejas, además de minipinchos, miniempanadas, minichorizos y diferentes opciones de minipostres, como el arroz con leche.
El emprendimiento también encontró en las redes sociales una herramienta para recibir pedidos y llegar a nuevos clientes. Pero para Anlly, el crecimiento no ha dependido solamente de la comercialización.
Su acercamiento a la Casa para la Dignidad de las Mujeres comenzó a través de los programas de formación.
“Nos inscribimos, hicimos cursos y fuimos entrando más a este grupo de mujeres emprendedoras que nos apoyamos mutuamente”, cuenta.
Ese proceso también le permitió vincularse a Café Querida, espacio en el que continuó mostrando sus productos y compartiendo experiencias con otras emprendedoras.
Para ella, las capacitaciones han servido para revisar conocimientos que ya tenía y adquirir nuevas herramientas para manejar su negocio. A esto se suman las convocatorias para ferias y otros espacios de comercialización.
“Ese apoyo me ha servido mucho porque no solamente los programas me han enseñado cosas sobre el emprendimiento que uno cree que uno sabe, sino que también está el tema de convocatorias para ferias”, señala.
Anlly reconoce que emprender implica dificultades, pero también encuentra satisfacción en el proceso y en las posibilidades que surgen cuando los productos pueden llegar a nuevos públicos.
Por eso, su mensaje final está relacionado con aprovechar los espacios que existen para las mujeres emprendedoras.
“Es un agradecimiento a la Alcaldía y la Secretaría de la Mujer por estar presentes aquí con nosotros, recordándonos que esto es para nosotros y que debemos aprovechar estos espacios”, expresó.
Su historia representa una de las experiencias que se desarrollan alrededor de la Casa para la Dignidad de las Mujeres, donde la capacitación se combina con posibilidades de participación y comercialización.
Yari: 25 años detrás de un puesto en la Plaza de Mercado
En el centro de la ciudad, otra historia de trabajo se ha desarrollado durante un cuarto de siglo.

Yari Ximena Cuartas Hurtado llegó a la Plaza de Mercado de Manizales cuando era muy joven. Allí comenzó vendiendo guayabas y mandarinas junto a una de sus hermanas, quien le enseñó las dinámicas del negocio y la manera de desenvolverse entre comerciantes y compradores.
Posteriormente trabajó con su hermano, Giovanni Alexander Cuartas Hurtado, y durante aproximadamente seis años tuvo su propio puesto en una de las esquinas de la Plaza de Mercado.
Hoy comparte la jornada con su esposo, Jorge, con quien lleva seis años de casada. También hace parte de su familia un hijo de 14 años.
Para Yari, la Galería no es solamente un sitio donde trabaja. Es un espacio alrededor del cual ha construido buena parte de su vida.
Su historia también está atravesada por una experiencia que cambió su manera de relacionarse con otras personas. Cuando era niña escuchaba, pero después de una enfermedad perdió la audición.
Con el tiempo aprendió a leer los labios. Para comprender a alguien necesita observar su rostro, prestar atención a los movimientos de la boca y concentrarse en cada palabra. Esa habilidad, desarrollada desde niña, hace parte de su vida cotidiana y también de su trabajo en la Plaza de Mercado.
A lo largo de los años ha aprendido diferentes oficios. Estudió para manejar máquina plana, aprendió manicure y exploró otras actividades que le permitieron adquirir conocimientos y habilidades.
En la Galería también aprendió sobre productos, precios y decisiones que hacen parte del comercio diario.
Entre los alimentos que comercializa está la papa, uno de los productos que tiene mayor salida en su puesto y que, según su experiencia, genera menos pérdidas que algunos productos verdes que pueden deteriorarse con mayor rapidez.
Pero trabajar en la Plaza de Mercado también significa enfrentar jornadas difíciles.
Hay días en los que las ventas no alcanzan, mercancía que termina dañándose y situaciones que afectan la actividad comercial. Yari también reconoce problemas como el consumo de sustancias, las peleas y los robos, situaciones de las que prefiere mantenerse al margen para concentrarse en su trabajo.
A pesar de esas dificultades, cada día vuelve a abrir su puesto.
Después de 25 años, continúa trabajando junto a su familia y haciendo parte de una Galería en la que también están las historias de otros comerciantes que han dedicado buena parte de sus vidas a este lugar.
La invitación institucional a visitar la Plaza de Mercado parte precisamente de reconocer ese componente humano: detrás de cada puesto hay comerciantes, familias y años de trabajo.
La historia de Yari es una de esas historias que permanecen en los pasillos de la Galería.
Julián convirtió una necesidad familiar en una iniciativa rural
En la zona rural de Manizales, una necesidad familiar también terminó convirtiéndose en una oportunidad de emprendimiento.

Julián Montoya Posada, habitante de la vereda Bajo Tablazo y estudiante de Licenciatura en Educación Física de la Universidad de Caldas, creó La Cabrona Leche de Cabra, una iniciativa dedicada a la producción de leche y derivados como yogur, queso fresco y kéfir.
El proyecto comenzó por una razón familiar.
Su mamá no toleraba los lácteos de vaca y Julián encontró en la leche de cabra una alternativa. Después de conseguir un litro con un productor de la zona y comprobar que ella podía consumirla, decidió adquirir una pequeña cabra y utilizar un terreno familiar que no estaba siendo aprovechado.

La iniciativa empezó de manera pequeña, con la venta de leche entre vecinos, amigos y conocidos.
Después llegó Instagram.
La creación de una página en esta red social permitió que más personas conocieran el emprendimiento y la demanda comenzó a crecer. Para responder a los pedidos, Julián tuvo que adquirir nuevas cabras.
Actualmente, La Cabrona cuenta con cinco cabras, cuatro de ellas en producción.
La producción también aumentó. Pasó de obtener entre dos y tres litros diarios de leche a registrar producciones de entre cuatro, cinco y hasta seis litros al día.
Ese crecimiento ha estado acompañado por la Alcaldía de Manizales, a través de la Secretaría de Agricultura, y el Comité de Cafeteros, mediante una alianza dirigida a fortalecer las capacidades de jóvenes rurales y contribuir al relevo generacional en el campo.
Julián conoció el programa a través de la institución educativa donde realiza su práctica. Una profesora que conocía su emprendimiento le habló de la iniciativa para jóvenes emprendedores rurales.
A partir de allí recibió acompañamiento profesional en áreas como veterinaria, alimentos y fortalecimiento empresarial.
“Desde que me hicieron la visita me ayudaron demasiado. El veterinario nos hizo muy buenas recomendaciones sobre el sitio y el trabajo con los animales. En las capacitaciones también fue muy importante el acompañamiento de la ingeniera de alimentos, porque nos dio muchas recomendaciones sobre el correcto manejo de los alimentos y de los subproductos que realizamos”, explicó Julián.
Como parte de la alianza recibió un incentivo de $4 millones, destinado al fortalecimiento de su unidad productiva.
Los recursos también están acompañados por materiales que serán utilizados para avanzar en la construcción de una sala de ordeño, uno de los siguientes pasos para mejorar las condiciones de producción.
El resultado del apoyo también se refleja en la producción.
“Hace más o menos dos meses teníamos una producción diaria de dos o tres litros de leche. Con la cabra que logramos conseguir gracias al apoyo de esta alianza, estamos produciendo ya más o menos entre cuatro, cinco y hasta seis litros diarios”, contó.
Para el joven emprendedor, el acompañamiento no consiste únicamente en recibir recursos.
La asistencia técnica le ha permitido revisar procedimientos que anteriormente realizaba de manera empírica, conocer mejores prácticas para el manejo de los animales y fortalecer aspectos relacionados con la transformación de los alimentos.
En total, 15 jóvenes de la zona rural de Manizales recibieron incentivos de $4 millones cada uno para fortalecer proyectos agrícolas, pecuarios y de transformación.
La secretaria (E) de Agricultura de Manizales, Lina Patricia Llano Díaz, destacó que este tipo de iniciativas buscan generar oportunidades para los jóvenes rurales y contribuir al relevo generacional.
Mientras continúa trabajando en la construcción de la sala de ordeño y fortaleciendo sus procesos, Julián mantiene una meta para La Cabrona Leche de Cabra: consolidar el emprendimiento y proyectarlo hacia la producción de lácteos de cabra orgánica en Colombia.
Tres historias, distintos territorios y una misma idea de trabajo
Anlly, Yari y Julián desarrollan actividades diferentes y se encuentran en escenarios distintos de la ciudad.
Una prepara pasabocas y participa en espacios de formación y ferias. Otra lleva 25 años detrás de un puesto en la Plaza de Mercado. El tercero convirtió una necesidad familiar en un proyecto pecuario en el Bajo Tablazo.
Sin embargo, sus historias tienen puntos de encuentro.
Los tres han tenido que aprender sobre la marcha, adaptarse a las dificultades y encontrar herramientas para mantener sus actividades. También muestran que el trabajo cotidiano puede estar ligado a la familia, al aprendizaje y a la búsqueda de nuevas oportunidades.
En el caso de Anlly, los espacios institucionales le permitieron capacitarse, relacionarse con otras emprendedoras y encontrar escenarios para comercializar sus productos.
Yari ha construido durante 25 años una vida alrededor de la Plaza de Mercado y continúa trabajando junto a su familia, como tantos comerciantes que hacen parte de la actividad diaria de la Galería.
Julián, desde el área rural, encontró acompañamiento técnico y económico para transformar una pequeña iniciativa en un proyecto con posibilidades de crecimiento.
Son historias diferentes, pero juntas permiten mirar a Manizales desde otro lugar: el de las personas que todos los días abren un puesto, preparan un producto, atienden un cliente, cuidan animales, aprenden un oficio o buscan una manera de hacer crecer aquello que comenzaron con pocos recursos.
En esos espacios también se construye ciudad.
Y detrás de cada emprendimiento, cada puesto de mercado y cada unidad productiva rural hay personas y familias que convierten el trabajo cotidiano en una forma de permanecer, avanzar y buscar nuevas oportunidades.

