Manizales y Caldas no se detienen: cinco obras que muestran cómo el territorio sigue transformándose después del sismo

Territorio & Infraestructura

Mientras se atienden las afectaciones del terremoto del 10 de agosto, Caldas mantiene obras en deporte, educación, saneamiento y vías.

En Manizales, Chinchiná, Aranzazu y distintos municipios de Caldas avanzan proyectos de infraestructura que mejoran escenarios deportivos, recuperan espacios educativos, solucionan problemas de saneamiento y fortalecen las vías del departamento, mientras las autoridades mantienen simultáneamente la atención de las necesidades surgidas tras el sismo del 10 de agosto.


El 10 de agosto cambió las prioridades de buena parte de Caldas.

El terremoto obligó a concentrar equipos, maquinaria, funcionarios y recursos en la atención de las comunidades afectadas. Escuelas tuvieron que ser evaluadas, viviendas revisadas, vías atendidas y servicios reorganizados. La emergencia impuso una pregunta inmediata: ¿cómo responder a lo urgente sin detener completamente aquello que ya estaba en marcha?

A casi un mes del movimiento sísmico, la respuesta que aparece en distintos puntos del departamento tiene una característica común: las obras continúan.

No todas tienen relación directa con la reconstrucción. Algunas habían comenzado antes del terremoto y siguen su curso; otras responden a necesidades históricas de las comunidades. Juntas muestran otra dimensión de la infraestructura pública: mientras se reparan los daños de una emergencia, también se mantiene la construcción de espacios que tendrán impacto durante años.

En Manizales, el cambio comenzó a sentirse incluso sobre uno de los escenarios deportivos más reconocidos de la ciudad. En La Linda, una obra esperada durante años avanza hacia la creación de un nuevo espacio para la actividad física. En Chinchiná, una escuela renovada recibe nuevamente a su comunidad educativa en mejores condiciones. En Aranzazu, un sistema de alcantarillado busca resolver problemas que durante décadas afectaron a familias de dos barrios.

Y en las carreteras departamentales, proyectos de diferentes magnitudes continúan avanzando, conectando municipios y veredas mientras la Secretaría de Infraestructura mantiene equipos destinados a atender las consecuencias del terremoto.

La fotografía general es la de un territorio que intenta atender la emergencia sin dejar de construir futuro.


El Palogrande comienza a cambiar desde arriba

El primer movimiento ocurrió en uno de los lugares más reconocibles de Manizales.

Este martes 1 de septiembre comenzó el desmonte de las antiguas tejas de asbesto cemento de la cubierta del Estadio Palogrande, dando inicio a una de las primeras actividades contempladas dentro del proyecto de renovación de esta estructura.

La intervención está a cargo del Consorcio MPO y comprende 13.200 metros cuadrados de cubierta.

Pero la obra no consiste simplemente en retirar unas tejas y poner otras.

El proyecto contempla además la reparación de la estructura que soportará la nueva cubierta y el cambio de las canales destinadas al manejo de las aguas lluvias. Es decir, se trata de una intervención que busca actuar sobre distintos componentes de una infraestructura que cumple una función deportiva, pero también simbólica para la ciudad.

Uno de los aspectos que requiere especial atención es precisamente el material que está siendo retirado.

Las tejas de asbesto cemento son consideradas un residuo peligroso, por lo que su desmontaje y disposición deben realizarse bajo protocolos especializados. El proceso, por tanto, no puede entenderse como una demolición convencional: existe una metodología específica para manipular y disponer este tipo de material.

La inversión destinada al proyecto asciende a $6.177 millones y la nueva cubierta contará con una garantía de 20 años.

El cronograma contempla nueve meses de ejecución, período durante el cual deberán desarrollarse el desmonte, las reparaciones estructurales, la instalación de la nueva cubierta y el cambio de canales.

Hay además un elemento que vuelve particularmente delicada la programación: el Palogrande seguirá siendo escenario de partidos del Once Caldas.

Por eso, las actividades de obra deberán coordinarse con el calendario deportivo para organizar los trabajos de acuerdo con el cronograma de intervención y el uso del estadio.

La renovación, en consecuencia, no solamente ocurre sobre la cubierta. También exige coordinar obra, deporte y calendario para intervenir uno de los escenarios de mayor actividad de la ciudad.


La Linda tendrá un nuevo lugar para encontrarse

A pocos kilómetros, otra obra deportiva avanza con una escala diferente, pero con un significado igualmente cercano para la comunidad.

En el barrio La Linda, comuna Atardeceres, continúa la construcción de un nuevo escenario deportivo y recreativo que actualmente registra una ejecución del 19,4 %.

El proyecto tiene una inversión de $1.103 millones y contempla tres componentes principales: una cancha multifuncional, un gimnasio biosaludable y una zona de juegos infantiles.

La diferencia con el Palogrande está precisamente en la naturaleza del proyecto.

Mientras la intervención del estadio busca renovar una infraestructura deportiva de gran escala, en La Linda se está construyendo un espacio de uso cotidiano para habitantes de distintas edades.

Niños, jóvenes, adultos y personas mayores podrán utilizar el nuevo escenario para practicar deporte, realizar actividad física, jugar y compartir.

La obra comenzó en junio, después de un proceso de socialización con la comunidad adelantado por las secretarías de Infraestructura, Deporte y Desarrollo Social.

Y detrás de la construcción existe una historia que explica por qué este proyecto tiene un valor particular para el barrio.

El escenario había sido solicitado durante varios años por los habitantes de La Linda y la petición fue presentada en los espacios de Gobierno en la Calle.

Así, la infraestructura deja de ser únicamente una cifra de ejecución presupuestal.

El 19,4 % representa también el avance de una solicitud comunitaria que comenzó mucho antes de que aparecieran las primeras estructuras de la obra.


Una escuela renovada en medio de una emergencia educativa

El recorrido por la infraestructura caldense lleva luego hasta Chinchiná.

Allí, la sede Francisco José de Caldas de la Institución Educativa Bartolomé Mitre fue renovada y entregada oficialmente a una comunidad educativa conformada actualmente por 198 estudiantes.

La transformación busca mejorar las condiciones físicas para el aprendizaje.

Los trabajos incluyeron nuevos espacios, mejores condiciones de ventilación e iluminación y salones más confortables. La cubierta fue construida con tejas termoacústicas y la estructura incorpora elementos destinados a favorecer la ventilación natural.

La renovación adquiere una dimensión especial por el contexto en el que fue entregada.

El secretario de Educación de Caldas, Luis Herney Vargas Barrera, explicó que el departamento enfrenta un escenario complejo después del sismo del 10 de agosto: más de 500 sedes educativas resultaron afectadas y otras 500 no habían podido ser validadas al momento de la declaración.

Secretario de Educación de Caldas, Luis Herney Vargas Barrera

Por eso, una sede renovada no es únicamente una buena noticia para los 198 niños que actualmente estudian allí.

También forma parte de una respuesta más amplia frente al desafío de garantizar la continuidad del servicio educativo.

La situación es particularmente relevante en Chinchiná, donde una institución educativa sufrió afectaciones del 80 %, lo que obliga a buscar alternativas de reubicación para que los estudiantes puedan regresar a la presencialidad.

En ese escenario, la escuela Francisco José de Caldas representa una infraestructura disponible, renovada y preparada para continuar prestando el servicio educativo.

El municipio también avanza en otras intervenciones, entre ellas la capota de la sede Santander, la reconstrucción del colegio Gómez Arrubla en Guayabal y obras en el colegio El Trébol.

La infraestructura educativa se convierte así en uno de los frentes donde la reconstrucción y la continuidad institucional comienzan a encontrarse.


En Aranzazu, el progreso se mide en menos malos olores y aguas más limpias

Hay obras cuyo impacto no se mide en metros cuadrados visibles ni en escenarios inaugurados.

En los barrios Miramar y La Floresta, de Aranzazu, el resultado esperado tiene que ver con algo mucho más elemental: cómo viven las familias alrededor de sus viviendas.

El proyecto de alcantarillado registra un avance superior al 65 % y beneficia aproximadamente a 25 familias.

La inversión ronda los $700 millones y busca solucionar diferentes vertimientos identificados en la zona, al tiempo que fortalece las condiciones de saneamiento básico.

Los trabajos incluyen la terminación de la red principal, conexiones domiciliarias, construcción de cajas de inspección y restitución de pavimentos.

En términos técnicos, son componentes de una infraestructura sanitaria.

En términos cotidianos, significan otra cosa.

Blanca Nubia Osorio Naranjo, habitante del sector, explicó que durante años los problemas se hacían especialmente evidentes en época de verano, cuando aparecían malos olores asociados con el secamiento de las cañadas.

Blanca Nubia Naranjo, beneficiaria de la obra

Luz Marina Henao Aguirre, quien lleva 45 años viviendo en La Floresta, también describió la obra como una respuesta esperada durante mucho tiempo.

Incluso durante la ejecución, los habitantes ya identifican cambios en el entorno, como la disminución de mosquitos y zancudos.

El proyecto tiene además una dimensión ambiental.

La intervención busca contribuir a la descontaminación de fuentes hídricas y solucionar vertimientos que afectan las condiciones sanitarias del sector.

En este caso, una obra de alcantarillado es simultáneamente una intervención de salud pública, ambiente, vivienda y calidad de vida.

Y quizá allí esté una de las formas más concretas de entender la infraestructura: no siempre se inaugura un lugar; a veces simplemente se consigue que un barrio pueda vivir mejor.


Las carreteras siguen avanzando

Mientras las obras urbanas avanzan, el mapa departamental muestra otro frente de transformación: las carreteras.

La Secretaría de Infraestructura de Caldas ha tenido que responder a las necesidades generadas por el terremoto, pero simultáneamente mantiene activos distintos proyectos viales.

Jorge Ricardo Gutiérrez Cardona, secretario de Infraestructura de Caldas

Con corte al 31 de agosto, seis intervenciones registraban avances diferentes.

La Ruta del Renacimiento, que comprende sectores de Victoria, Norcasia, Samaná y la conexión con Nariño, Antioquia, alcanzaba un 84 % de ejecución.

El proyecto incluye los sectores Isaza–Puente Hierro–Norcasia y Florencia–Puente Linda, con intervenciones en puntos como Isaza, Corinto, Cristales, Buena Vista, La Gallera, Puente Linda, Morro Azul, Uvital y Campo Alegre.

En el corredor Tres Puertas–Alto El Paisa, entre Palestina y Manizales, el avance era del 37,57 %.

La intervención está proyectada para beneficiar a más de 5.000 personas de Santagueda, Arauca, Manizales y sectores cercanos, con impactos esperados en movilidad, seguridad vial, comercio y turismo.

Más al norte, el proyecto de mejoramiento y pavimentación Salamina–La Merced registraba un 30,78 %.

La obra beneficia directamente a familias de las veredas La Chuspa, Llanadas y Travesías, además de los usuarios de todo el corredor.

En Belalcázar, la construcción de placa huella en el sector La Alemania–El Madroño alcanzaba el 83,4 %, con beneficio aproximado para 200 habitantes de la vereda El Madroño.

En Samaná, el proyecto Berlín–Florencia registraba un 7 % de ejecución y avanzaba con filtros, tuberías para drenajes transversales y ampliación de la vía.

Finalmente, el proyecto Riosucio–Jardín, correspondiente al Lote 1 del hermanamiento entre Caldas y Antioquia, alcanzaba un 5 %.

Allí se adelantaban trabajos de figurado de acero, instalación de formaleta y vaciado de concreto para cunetas, con 297 metros lineales ejecutados en ambos costados de la vía durante la última semana reportada.

Los porcentajes son muy distintos.

84 %, 83,4 %, 37,57 %, 30,78 %, 7 % y 5 %.

Pero juntos cuentan una historia más amplia: el territorio no avanza al mismo ritmo, pero continúa en movimiento.


Una infraestructura que también tiene un costo para quienes transitan

Las obras viales tienen, inevitablemente, otra cara: mientras se construyen, modifican temporalmente la movilidad.

En la Ruta del Renacimiento se presentan cierres parciales de 20 minutos por frente de obra.

En Berlín–Florencia también hay cierres parciales de 20 minutos por frente de trabajo, entre las 7:30 de la mañana y las 4:30 de la tarde, sin ruta alterna.

En Tres Puertas–Alto El Paisa existen cierres totales de lunes a viernes entre las 7:30 a. m. y el mediodía y entre la 1:00 p. m. y las 4:30 p. m. El corredor se habilita de 12:00 m. a 1:00 p. m. y después de las 4:30 p. m.; para el sábado 5 de septiembre se anunció que estará habilitado.

En Riosucio–Jardín, por ahora, no se requieren cierres ni sistemas de pare y siga.

Es una información aparentemente operativa, pero fundamental para quienes utilizan estas carreteras.

Toda infraestructura en construcción tiene una contradicción inevitable: para mejorar la movilidad de mañana, muchas veces hay que aceptar restricciones de movilidad hoy.


Construir mientras se atiende la emergencia

Los cinco proyectos permiten mirar el momento actual de Caldas desde un ángulo distinto.

No se trata de afirmar que la emergencia ya terminó. Los propios datos de infraestructura educativa y las labores de atención departamental muestran que sus consecuencias siguen presentes.

Tampoco se trata de presentar cada obra como parte de la reconstrucción posterior al terremoto. No lo son.

El punto está en otro lugar.

El terremoto obligó a Caldas a concentrar capacidades institucionales en la emergencia. Pero la administración pública también debe evitar que la atención de una crisis paralice completamente los procesos de transformación que ya estaban en marcha.

El resultado es una doble agenda.

Por un lado, están las estructuras afectadas que deben ser evaluadas, reparadas o reconstruidas.

Por otro, están las obras que ya tenían contratos, cronogramas, comunidades beneficiarias y necesidades acumuladas antes del 10 de agosto.

En el Palogrande se retira una cubierta que llegó al final de su vida útil y comienza un proceso de renovación que deberá convivir con el calendario del Once Caldas.

En La Linda se construye un escenario deportivo solicitado durante años por la comunidad.

En Chinchiná, una escuela renovada adquiere una importancia adicional ante la presión que enfrenta la infraestructura educativa después del sismo.

En Aranzazu, un sistema de alcantarillado busca resolver una deuda histórica con 25 familias y disminuir impactos sanitarios y ambientales.

Y en las carreteras, proyectos con avances desde el 5 % hasta el 84 % siguen conectando comunidades mientras la misma Secretaría de Infraestructura participa en la atención de la emergencia.

Son obras diferentes.

Tienen presupuestos distintos, escalas diferentes y beneficiarios distintos.

Pero hay un elemento que las conecta: la infraestructura pública se convierte en una forma de responder al presente mientras se prepara el territorio para el futuro.


El territorio no se construye solamente después de una tragedia

Hay una tendencia natural a pensar la infraestructura pública desde las grandes emergencias.

Cuando tiembla, se mira el estado de las escuelas. Cuando una carretera falla, se habla de conectividad. Cuando un barrio tiene problemas de saneamiento, aparece la necesidad de un alcantarillado. Cuando un estadio envejece, se vuelve evidente la necesidad de intervenirlo.

Pero las ciudades y los departamentos no pueden esperar a que ocurra una crisis para transformarse.

Las obras que hoy avanzan en Caldas muestran precisamente esa otra dimensión.

El nuevo escenario de La Linda no nace del terremoto.

La renovación del Palogrande tampoco.

El alcantarillado de Miramar y La Floresta responde a una necesidad que los habitantes venían planteando desde hace años.

La escuela de Chinchiná comenzó su proceso antes del sismo y hoy adquiere una relevancia adicional en medio de la crisis educativa.

Y los proyectos viales responden a una visión de conectividad territorial que trasciende la emergencia, aunque ahora deban convivir con ella.

Por eso, el verdadero reto institucional no consiste solamente en reconstruir lo que se dañó.

También consiste en no detener la construcción de aquello que todavía hace falta.


Cinco obras, una misma pregunta

Caldas atraviesa una etapa excepcional.

La emergencia sísmica dejó daños y necesidades que todavía requieren atención. Pero, simultáneamente, las comunidades continúan esperando soluciones que no desaparecieron el día del terremoto.

Una cubierta debe cambiarse.

Un barrio necesita un escenario deportivo.

Una escuela requiere mejores condiciones.

Veinticinco familias esperan saneamiento.

Miles de habitantes necesitan carreteras mejores y más seguras.

Cada proyecto responde a una escala diferente, pero todos terminan apuntando a la misma pregunta: ¿cómo se construye territorio cuando las necesidades urgentes y las necesidades históricas ocurren al mismo tiempo?

La respuesta que ofrecen estas obras todavía está en proceso.

Está en el 19,4 % de La Linda.

En el más del 65 % de Miramar y La Floresta.

En el 84 % de la Ruta del Renacimiento.

En los primeros avances de Riosucio–Jardín.

En los nuevos techos de la escuela Francisco José de Caldas.

Y está también en las primeras tejas retiradas del Palogrande.

Caldas no ha terminado de superar las consecuencias del sismo.

Pero mientras atiende sus heridas, sigue construyendo.

Y esa quizá sea una de las fotografías más precisas del departamento en este momento: un territorio que todavía está reparando lo que el terremoto golpeó, pero que no ha renunciado a levantar lo que necesita para los años que vienen.

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