“Murió madre y mi hermano”: el mensaje de WhatsApp que cambió mi lectura del terremoto

Crónica, Comunidad & Editorial

Un mensaje a las 8:21 p. m. reveló que entre las víctimas del sismo del 10 de agosto estaban dos de sus familiares.

34 días después descubrí que el terremoto también se llevó parte de mi familia

Durante más de un mes hablé del terremoto del 10 de agosto como una tragedia de Manizales, Pereira y otras poblaciones afectadas. Hasta que un mensaje de WhatsApp, enviado el 14 de septiembre, me hizo descubrir que entre sus muertos estaban dos personas de mi familia.

Hay noticias que llegan tarde.

No porque hayan tardado en ocurrir.

No porque alguien las haya ocultado.

Simplemente porque, por alguna razón, no llegaron hasta uno.

Eso fue lo que me ocurrió con el terremoto del 10 de agosto.

Durante 34 días estuve viendo sus consecuencias, leyendo reportes, siguiendo las cifras de muertos, heridos, damnificados y viviendas destruidas. Escribí sobre lo ocurrido. Lo miré desde la distancia que permite el periodismo cuando una tragedia sucede cerca, pero no necesariamente dentro de la propia casa.

Hasta que el 14 de septiembre, a las 8:21 de la noche, llegó un mensaje de WhatsApp.

Era de mi primo LuisH de Pereira.

Y en unas pocas líneas, una catástrofe que hasta ese momento había sido colectiva se convirtió en algo íntimo, en una tragedia.

“Murió madre y mi hermano”.

Volví a leerlo.

Después entendí.

Entre las víctimas del terremoto estaban Susana López de Guzmán y Carlos Alberto Guzmán López.

Mis familiares de Pereira.


Los primos de Pereira

Susana era prima de mi mamá.

Por eso, desde que tengo memoria, para nosotros existían simplemente “los primos de Pereira”. Desde muy pequeños el paseo familiar era ir a Dosquebradas.

Antes de que Pereira fuera para mí una ciudad asociada a terremotos, rescates, edificios colapsados y listas de víctimas, era el lugar al que íbamos a visitar a la familia.

Primero estuvieron en Dosquebradas.

Recuerdo aquella casa grande de dos pisos, con antejardín y piscina, frente a La Rosa, la fábrica de galletas.

Éramos niños.

La vida tenía otra escala.

Las visitas familiares tenían esa mezcla de juego, comida, conversaciones de adultos que uno no entendía completamente y espacios que parecían enormes porque nosotros éramos pequeños.

También recuerdo haber asistido al matrimonio de Luis Hernando, él y su esposa trabajaban en Frisby.

Y algunas veces dormí en el apartamento de La Lorena.

Eso último lo había olvidado casi por completo.

O quizá no lo había olvidado.

Quizá simplemente era uno de esos recuerdos guardados en algún lugar de la memoria al que uno nunca vuelve porque no existe ninguna razón para hacerlo.

Hasta ahora.


Susana

Susana quedó viuda cuando tenía apenas 26 años.

Y desde entonces tuvo que criar sola a sus hijos.

Para ellos fue mamá y papá.

No era una mujer de grandes declaraciones.

No necesitaba repetirles que los quería.

Su manera de querer estaba en lo que hacía.

En cuidar.

En trabajar.

En resolver.

En estar.

“Con hechos nos mostraba el inmenso amor que sentía por cada uno de nosotros”.

Liz

También estaban sus manos.

Susana tejía y bordaba.

Hacía toallas, cuadros y carpetas.

Algunos de esos trabajos terminaron formando parte de la vida cotidiana de la familia, de la misma manera silenciosa en que tantas cosas hechas por una madre terminan formando parte de una casa sin que nadie se detenga a pensar cuánto tiempo, paciencia y cariño hay detrás de ellas.

Muchos años después, Susana tomó otra decisión importante.

Vendió la casa familiar de Dosquebradas y se mudó a Pereira.

Era un cambio considerable.

De aquella casa de dos plantas, con antejardín y piscina, pasó a un apartamento mucho más pequeño.

Pero volvió a hacer lo que sabía hacer.

Construir hogar.

Lo organizó.

Lo decoró.

Lo llenó con sus cosas.

Con parte de aquello que había tejido y bordado.

Y allí continuó la vida.

Luis Hernando se casó y se fue.

En el apartamento quedaron Susana, Carlos y Elizabeth.

No era solamente un apartamento.

Era la casa de ellos.


El 10 de agosto

La mañana del lunes 10 de agosto de 2026, a las 7:34, la vida de miles de familias cambió.

El terremoto tuvo consecuencias en varias poblaciones y dejó una estela de destrucción que durante días seguimos a través de cifras, fotografías, videos, testimonios y reportes oficiales.

En Pereira, entre las estructuras afectadas, estaba la Unidad Residencial La Lorena.

Allí estaban Susana, Carlos y Elizabeth.

Elizabeth quedó atrapada entre los restos del apartamento.

Pero esto no lo supe aquel día.

Tampoco lo supe al día siguiente.

Ni durante las semanas siguientes.

Yo todavía no sabía que aquello también me concernía.


Los nombres ya estaban en una lista

Hay algo particularmente extraño en descubrir una muerte mucho después de que ocurrió.

Susana y Carlos no estuvieron 34 días esperando ser identificados.

Sus nombres ya habían sido establecidos oficialmente.

El Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses los incluyó el 12 de agosto, en el quinto reporte oficial de personas fallecidas identificadas tras el terremoto.

Susana López de Guzmán, 86 años.

Carlos Alberto Guzmán López, 64.

Dos días después del terremoto, sus nombres ya estaban en una lista oficial.

Su familia ya sabía.

Ya había ocurrido el reconocimiento.

Ya había comenzado el duelo.

El tiempo siguió corriendo para todos.

Solo que yo estaba fuera de esa parte de la historia.

Yo todavía estaba hablando del terremoto como una tragedia colectiva.


“Estoy aquí”

Mientras yo no sabía nada, Elizabeth vivía otra historia.

Había quedado atrapada bajo los restos del apartamento.

Pasaron horas.

En medio de los escombros, con el miedo de que pudiera producirse una fuga de gas o un incendio, intentaba mantenerse consciente.

Rezaba.

Afuera, su hermano Luis Hernando había regresado a La Lorena.

Al principio pensó que Elizabeth podía haber salido a trabajar.

Buscó a su mamá.

Buscó a Carlos.

Y entonces escuchó una voz.

Era Elizabeth.

“Estoy aquí. Soy Liz”.

Los rescatistas comenzaron a trabajar sobre el punto donde podía estar.

Un bombero, un integrante de la Defensa Civil y una psicóloga participaron en el rescate.

Había muy poco espacio.

Ella alcanzaba a ver una pequeña entrada de luz.

Un rayo.

“Un rayito”.

A través de una sonda le hicieron llegar agua.

Después consiguieron llegar hasta su brazo.

Finalmente pudieron sacarla.

Elizabeth había pasado unas seis horas bajo los escombros.

Tenía una fractura leve en el peroné y varios golpes.

Ese mismo día fue dada de alta.


Pero la casa ya no estaba

Después vino lo que ninguna cifra alcanza a explicar.

Elizabeth había sobrevivido.

Su mamá no.

Su hermano Carlos tampoco.

Y Carlos Augusto, su pareja, que vivía en otra torre de La Lorena, también murió.

La noticia de su pareja la recibió dos días después del terremoto, cuando llamó al portero.

Para entonces, Elizabeth había sobrevivido al derrumbe.

Pero había perdido prácticamente todo lo que hacía parte de su vida anterior.

La casa.

Su mamá.

Su hermano.

Su pareja.


Ahora entiendo aquella fotografía

Después de leer el mensaje de mi primo hice algo que quizá explica mejor que cualquier otra cosa lo que significa enterarse tarde de una muerte.

Me puse a buscar fotografías.

No buscaba una imagen para publicar.

Buscaba a mis familiares antes de que todo esto ocurriera.

Recordé una fotografía de cuando era niño.

La había tomado mi papá.

Era una fotografía preparada, casi una pequeña escena.

Yo aparecía con un sombrero de paja, un carriel y una pequeña macheta con su funda. Había también una especie de carrito metálico.

Los objetos estaban en aquella casa de la familia en Dosquebradas.

En ese momento eran simplemente cosas disponibles para jugar y posar frente a la cámara.

Ahora los miro de otra manera.

Porque detrás de aquella fotografía estaba una familia que todavía estaba completa.

Susana todavía estaba viva.

Carlos todavía estaba vivo.

Nosotros todavía éramos niños.

Y nadie sabía que algún día una fotografía familiar terminaría siendo también una forma de regresar a un tiempo que ya no existe.

Busqué otras fotografías.

No encontré más.

Pero quizá no hacía falta.


Lo que significa perder una casa

Durante semanas había leído y escrito sobre viviendas destruidas.

Miles de familias que habían perdido sus casas.

Algunas cifras hablaban de estructuras afectadas, viviendas inhabitables, edificios colapsados.

Ahora entiendo que una casa no se puede medir solamente en metros cuadrados.

En una casa quedan las cosas que alguien eligió durante años.

Los objetos que compró.

Los muebles que acomodó.

Las fotografías.

Las labores hechas con las propias manos.

Las pequeñas costumbres.

Los lugares donde cada persona se sentaba.

Los sonidos.

Los recuerdos.

En el apartamento de La Lorena estaban también algunos de los tejidos y bordados de Susana.

Toallas.

Cuadros.

Carpetas.

Cosas sencillas.

Pero hechas por ella.

Y quizá por eso, cuando pienso ahora en aquel apartamento, no pienso primero en el edificio que cayó.

Pienso en una mujer de 26 años que quedó viuda, que crió sola a sus hijos y que muchos años después volvió a empezar en un apartamento más pequeño.

Pienso en sus manos.

En las cosas que tejía.

En la manera en que convirtió un espacio reducido en la casa de su familia.

Y entonces comprendo que aquel derrumbe no destruyó únicamente una estructura.

Se llevó una parte del lugar donde estaba guardada la vida de una familia.


La tragedia también tiene nombres

Durante 34 días el terremoto tuvo cifras.

Tuvo reportes.

Tuvo municipios.

Tuvo edificios.

Tuvo mapas.

Tuvo imágenes aéreas.

Tuvo balances.

Pero el 14 de septiembre, a las 8:21 de la noche, tuvo dos nombres para mí.

Susana.

Caliche.

Y eso cambió todo.

Porque una cosa es leer que murieron decenas de personas.

Otra muy distinta es descubrir que una de ellas era la mujer que conociste desde niño.

Que otra era su hijo.

Que alguna vez dormiste en la casa que terminó convertida en escombros.

Que existe una fotografía vieja en la que todos todavía están vivos.

Que mientras tú seguías adelante con tu vida, una familia que también era la tuya ya estaba intentando aprender a vivir con dos ausencias.


34 días

Hay una frase de mi primo que se me quedó dando vueltas.

Después de contarme lo ocurrido escribió:

“aquí vamos, rehaciéndonos y echando PALANTE”.

No sé si existe otra manera.

Supongo que las familias que sobreviven a una tragedia tienen que aprender, de alguna forma, a hacer eso.

Seguir.

No porque duela menos.

No porque se olvide.

Sino porque la vida continúa incluso cuando una parte de ella queda enterrada para siempre.

Yo llegué tarde a esa historia.

El terremoto ocurrió el 10 de agosto.

Susana y Carlos murieron ese día.

Sus nombres fueron identificados oficialmente dos días después.

Sus familias comenzaron entonces a vivir con su ausencia.

Yo me enteré 34 días más tarde.

El 14 de septiembre, a las 8:21 de la noche, cuando mi primo escribió:

“Murió madre y mi hermano”.

Desde entonces, el terremoto dejó de ser solamente aquello que durante semanas había contado desde este portal.

Ahora también tiene dos nombres que conozco desde niño.

Susana.

Carlos.

Y una fotografía vieja, tomada por mi papá, en la que todavía estamos todos vivos.

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