La democracia se debilita: el llamado de las universidades a recuperar la confianza

UNA PREGUNTA QUE DESORDENA TODO
No empezó como una gran discusión nacional, sino como una pregunta incómoda:
¿sabemos realmente los colombianos qué significa el bien común?
La inquietud, planteada tras un editorial universitario, terminó abriendo una conversación más profunda de lo esperado. No en el ruido habitual de la polarización, sino en un espacio más raro y valioso: el del diálogo sereno. Allí, entre egresados, académicos y ciudadanos, emergió una idea inquietante: tal vez el problema no es que no estemos de acuerdo… sino que ya no sabemos desde dónde acordar.
Porque el “bien común”, ese concepto que durante años pareció incuestionable, hoy está en disputa.
No se trata simplemente de lo que decide la mayoría. Tampoco de sumar intereses individuales. En sociedades atravesadas por la desigualdad, la desconfianza y las fracturas históricas, pensar lo común implica una pregunta más difícil: quién tiene el poder de nombrarlo y a quién deja por fuera.
Ahí es donde el debate deja de ser filosófico y se vuelve profundamente político.
EL BIEN COMÚN — DE IDEAL FILOSÓFICO A CAMPO DE DISPUTA
Hablar de bien común es entrar en uno de los conceptos más antiguos —y más manipulables— de la teoría política. Desde Aristóteles, la idea estaba asociada a la vida en comunidad: la polis existía no solo para sobrevivir, sino para vivir bien. En su obra Política, el bien común aparece como el fin superior del orden político.
Sin embargo, esa visión clásica tenía una limitación evidente:
no todos estaban incluidos en ese “común”.
Mujeres, esclavos y extranjeros quedaban fuera. Es decir, el bien común siempre ha tenido fronteras.
Siglos después, Thomas Hobbes replanteó el problema desde el miedo y el orden: el bien común ya no era la virtud compartida, sino la seguridad garantizada por el Estado. Para John Locke, en cambio, el eje era la protección de derechos individuales. Y en Jean-Jacques Rousseau aparece la noción de “voluntad general”, quizás uno de los intentos más influyentes —y peligrosos— de definir lo común como expresión colectiva.
El problema es que esa voluntad general puede convertirse en imposición.
Ahí es donde la teoría contemporánea introduce una ruptura. Autores como John Rawls proponen que el bien común no debe definirse por resultados, sino por reglas justas de convivencia. Su idea de “justicia como equidad” desplaza la discusión hacia condiciones: ¿las instituciones permiten a todos participar en igualdad?
En paralelo, Amartya Sen y Martha Nussbaum redefinen el debate en términos de capacidades: el bien común no es lo que tenemos, sino lo que podemos llegar a ser.
Y ahí aparece una idea clave para Colombia:
el bien común no es un consenso dado, sino una construcción en permanente disputa.
EL PROBLEMA DE NOMBRAR — PODER, EXCLUSIÓN Y LEGITIMIDAD
Decir “bien común” no es inocente. Es un acto de poder.
Como advierte Michel Foucault, quien define el lenguaje define también los límites de lo pensable. En ese sentido, el bien común puede operar como una herramienta de inclusión… o como un mecanismo de exclusión.
En América Latina, esta tensión ha sido evidente. Modelos de desarrollo, reformas económicas y políticas públicas han sido justificadas históricamente en nombre del bien común, aun cuando han profundizado desigualdades.
Aquí entra una crítica central desde la economía política:
el riesgo de que el bien común sea capturado por élites.
Joseph Stiglitz lo plantea con claridad: cuando las reglas del juego favorecen a unos pocos, lo que se presenta como interés general puede ser en realidad interés particular legitimado.
Y Daron Acemoglu junto a James A. Robinson profundizan esta idea al distinguir entre instituciones inclusivas y extractivas. Las primeras amplían el acceso al poder y a las oportunidades; las segundas concentran beneficios.
La pregunta entonces se vuelve incómoda:
¿el “bien común” en Colombia refleja un acuerdo social… o una correlación de fuerzas?
DEMOCRACIA EN CRISIS — ENTRE LA REPRESENTACIÓN Y LA DESCONFIANZA
El segundo eje del debate conecta directamente con el anterior:
la crisis de la democracia.
Datos del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral muestran una tendencia global: menor participación electoral, mayor conflictividad y creciente desconfianza en los procesos.
Pero más allá de las cifras, lo que está en juego es la legitimidad.
Para Jürgen Habermas, la democracia depende de la calidad del debate público. Sin una esfera pública donde los argumentos importen, el sistema pierde su base racional.
El problema es que hoy esa esfera está fragmentada.
Medios tradicionales debilitados, redes sociales dominadas por algoritmos y una economía de la atención que premia la emoción sobre la evidencia han transformado el ecosistema informativo.
Investigaciones como las de Cass Sunstein advierten sobre el fenómeno de las “cámaras de eco”: espacios donde las personas solo consumen información que confirma sus creencias.
El resultado es un deterioro progresivo de la conversación pública.
Y sin conversación pública, no hay democracia deliberativa.
COLOMBIA — DESIGUALDAD, DESCONFIANZA Y FRAGMENTACIÓN
En Colombia, estas tensiones adquieren una intensidad particular.
El país combina:
- una de las mayores desigualdades de la región,
- una historia prolongada de conflicto armado,
- instituciones con legitimidad intermitente.
Según el Banco Mundial y la CEPAL, la desigualdad sigue siendo un factor estructural que limita la cohesión social.
A esto se suma un problema de confianza. Informes de Latinobarómetro muestran consistentemente bajos niveles de confianza en instituciones políticas en la región.
Y como señala Francis Fukuyama, la confianza no es un elemento decorativo: es el pegamento invisible que permite que las sociedades funcionen.
Sin ella, todo se vuelve más costoso: gobernar, invertir, convivir.
LA UNIVERSIDAD — ENTRE EL IDEAL Y SUS LÍMITES
En este escenario, la universidad aparece como un actor particular.
No tiene poder coercitivo, pero sí influencia simbólica.
Históricamente, ha sido vista como:
- espacio de pensamiento crítico,
- productora de conocimiento,
- mediadora en el debate público.
Sin embargo, su rol no está exento de tensiones.
Como advierte Pierre Bourdieu, las instituciones educativas también reproducen estructuras de poder. No son neutrales.
Esto plantea una paradoja:
la universidad busca formar ciudadanía crítica… dentro de un sistema que ella misma ayuda a sostener.
Aun así, iniciativas como la alfabetización mediática, el fact-checking y los espacios de deliberación muestran que puede desempeñar un papel relevante en la reconstrucción de la confianza.
Pero no puede hacerlo sola.
VERDAD, DESINFORMACIÓN Y LA CRISIS DE LO REAL
Uno de los puntos más críticos del debate actual es la erosión de la verdad.
No en el sentido filosófico abstracto, sino en su dimensión práctica:
la dificultad para establecer hechos compartidos.
La filósofa Hannah Arendt ya advertía que cuando la verdad factual se debilita, la política se vuelve vulnerable a la manipulación.
Hoy, ese riesgo se amplifica con la tecnología.
El problema no es solo la desinformación, sino la sobreinformación.
Como señala Byung-Chul Han, vivimos en una sociedad donde el exceso de información no genera claridad, sino ruido.
Y en ese ruido, el bien común se diluye.
¿ES POSIBLE RECONSTRUIR EL “NOSOTROS”?
Llegamos así al núcleo del problema.
El bien común presupone un “nosotros”.
La democracia lo necesita.
Pero ese “nosotros” hoy está fracturado.
La pregunta no es solo política, sino existencial:
¿cómo construir comunidad en sociedades profundamente desiguales y desconfiadas?
No hay respuestas simples.
Pero hay pistas:
- fortalecer instituciones inclusivas,
- mejorar la calidad del debate público,
- reducir desigualdades estructurales,
- reconstruir confianza.
Como diría Robert Putnam, el capital social —las redes de confianza y cooperación— es tan importante como el capital económico.
Y sin él, cualquier proyecto colectivo se vuelve inviable.
EL BIEN COMÚN COMO TAREA, NO COMO CONSIGNA
El mayor aporte de esta conversación no está en definir el bien común, sino en problematizarlo.
En entender que:
- no es un dato,
- no es un consenso automático,
- no es una fórmula técnica.
Es una construcción política, ética y social.
Y en contextos como el colombiano, es también una disputa.
La democracia no se debilita solo por falta de votos, sino por la erosión de aquello que hace posible la vida compartida: confianza, verdad, diálogo.
Por eso, la pregunta inicial sigue abierta —y más vigente que nunca:
¿quién define el bien común?
Pero quizás la pregunta más urgente es otra:
¿tenemos todavía las condiciones para construirlo juntos?
📚 REFERENCIAS
Arendt, H. (1972). Crises of the Republic. Harcourt Brace.
Bourdieu, P. (1996). The State Nobility. Stanford University Press.
CEPAL. (2023). Panorama Social de América Latina. Naciones Unidas.
Foucault, M. (1972). The Archaeology of Knowledge. Pantheon Books.
Fukuyama, F. (1995). Trust: The Social Virtues and the Creation of Prosperity. Free Press.
Habermas, J. (1984). The Theory of Communicative Action. Beacon Press.
Han, B.-C. (2017). La sociedad de la transparencia. Herder.
IDEA. (2025). Global State of Democracy Report. International IDEA.
Latinobarómetro. (2024). Informe Latinobarómetro. Corporación Latinobarómetro.
Nussbaum, M. (2011). Creating Capabilities. Harvard University Press.
Putnam, R. (2000). Bowling Alone. Simon & Schuster.
Rawls, J. (1971). A Theory of Justice. Harvard University Press.
Sen, A. (1999). Development as Freedom. Oxford University Press.
Stiglitz, J. (2012). The Price of Inequality. W. W. Norton.
Sunstein, C. (2017). #Republic. Princeton University Press.
Acemoglu, D., & Robinson, J. (2012). Why Nations Fail. Crown Publishing.
Banco Mundial. (2023). World Development Report. World Bank.

